Entre la cima y el vacío: una historia de 20 años en el montañismo
Hace veinte años subí mi primera montaña sin imaginar que cambiaría todo. Hoy celebro dos décadas de cumbres, aprendizajes, amigos, despedidas y un legado vivo. Una promesa permanece: nunca olvidar quién me llevó a la montaña, porque ahí encontré mi hogar.

El 12 de noviembre de 2005, aunque parecía un día cualquiera, comenzó mi historia como montañista. Tenía 24 años y fui llevado “con engaños”, como digo siempre, por comentar que me gustaban los campamentos. Mi tío político, Juan Bernal Sampallo, me dijo: “Te voy a llevar a un verdadero campamento”, sin imaginar que esas palabras cambiarían mi vida.
En la víspera llegué a Atizapán de Zaragoza. Inexperto, ingenuo y sin sospechar lo que estaba por vivir. Me acompañaban mis primos Isaías y Antonio. El primero ya tenía idea de esto; Antonio y yo éramos sólo dos novatos con mochilas enormes y cero respuestas. Juan, esposo de mi tía Teresa, me llevó a un cuarto lleno de objetos extraños para mí: mochilas, sleepings, cascos, boinas, guantes, bastones (o palos, según mi ignorancia de aquel entonces).
Ahí me enseñó cómo empacar: lo más pesado hasta arriba. Yo sólo pensaba: “¿Por qué demonios esta mochila es tan grande?”. La única respuesta fue: “Todo lo vas a ocupar”. Dormimos ahí mismo. A las cinco de la mañana del día siguiente, la vida inició de nuevo.
Iztaccíhuatl, mi primer dolor, el primer amor
Entre bromas, sin saber a dónde nos dirigíamos, subimos a la combi roja, le llamábamos: “La Laminita”. Al bajar, lo entendí todo. El volcán Iztaccíhuatl, que significa ‘Mujer Blanca', apareció frente a mí, inmensa, silenciosa, sagrada. Le pregunté dónde acamparíamos. Mi tío señaló un punto blanco arriba y dijo: “Allá". Ahora sé que son cerca de 4 mil 700 metros sobre el nivel del mar, aunque ni llegamos, nos quedamos como 200 metros abajo en ‘Las Conchitas’.
Yo pensé: “¿Cómo chingaos vine? Esto no es para mí. No vuelvo jamás”. Me quedé atrás, exhausto y frustrado, acompañado por Juanito Ocaranza, experto en paciencia y alma de caminante. Me preguntó mi edad. Le dije 24. Sonrió y sostuvo: “Vas a volver”. Y esa profecía se cumplió. Hoy, veinte años después, la montaña es mi casa. Sin ella, no sé vivir.
Nacen los caminos, nace un grupo, nace una familia montañista
Entre Enigma, Vangelis, Era y Joe Satriani sonando en Telehit y MTV en las casas hace 20 años, también nació algo más: un grupo. Debuté con Grupo de Alta Montaña Atizapán de Zaragoza y después llegó la transformación: Club Alpino AIRE en 2006, moldeado a pulso, distancia tras distancia, lluvia tras lluvia, con risas, tropiezos y con mapas hechos a mano por un amigo: Joshúa Fernández, tesoros inolvidables, y con un principio inquebrantable: Con la montaña no se lucra. Se ama, se cuida, se comparte.
Con los años se sumaron primos, amigos, compañeros, mi esposa, mi hija, y mi madre, que a sus 75 años alcanzó los 3000 metros. Hoy somos una hermandad, un legado, un movimiento.
He caminado entre flores de todos los colores, cruzado ríos de agua helada y sentido la lluvia empapar cada capa de ropa y de pensamiento. He visto la neblina cubrirlo todo como un velo espeso, he tocado la nieve que quema y cruje bajo los pies, y he presenciado tormentas eléctricas que hacen vibrar el suelo y el corazón. En cada paisaje entendí que la montaña también habla, aunque no use palabras.
Los rostros que me hizo el camino
La montaña es también gente. Gente que se vuelve paisaje, historia y memoria. Don Fernando y su hijo Rubén en Plan de la Cuesta con sus quesadillas, clacoyos, cerveza y pulque. Más arriba en Nexcolanco: Doña Paula y Don Carlos (QEPD) nos contaba de sus hazañas y las de otros montañistas con café en mano y eso no es todo, miles de historias más desde las faldas de la Mujer Dormida, donde me hice montañista del alma.
Y mis compañeros de caminar: Darién, Erick, Isaías, Antonio, Diego, Ernes, mi hermana Liliana, Valeria Bribiesca, Valeria Ibánez, Carmen Fabiola, Angy, Miguel, Chema, Sergio, Fabiola Bárcenas, Enrique Cisneros, Angy, Miguel, Leti, Jorge Zúñiga, Nohemí, Luizao, Patas, Esaú, Javier, conocido como “la amenaza del año”… Y tantos más, porque si nombrara a todos, el camino sería un libro.
Cómo olvidar aquella Ruta de ‘Los Perdidos’ en septiembre de 2006, junto a Isaías, Antonio y Esaú, donde nació Club Alpino AIRE. Un año después la repetimos los mismos, pero esta vez con Diego, el más joven del grupo: tenía 13 años en aquel entonces. “Serás la promesa hecha realidad”, le dije, y se lo repetí cuando alcanzó la cumbre el año pasado.
Hoy el experimentado y camarada Carlitos Durán y sus guerreras Narda y Arleny me abrazan en otro grupazo: Montaña Sagrada, un grupo con montañistas de todos colores y sabores, pero con un valor único: la unidad y el colectivismo.
Pero antes que todos ellos, hay alguien más: mi hermana, Marilú Rangel, mi cómplice, cofundadora de Club Alpino AIRE, compañera de kilómetros, charlas, amaneceres y también de silencio. Porque sin ella, nada hubiera sido igual. Hoy está mi esposa Berenice y mi hija Regina a quién le enseño senderismo.
El Iztaccíhuatl: mi montaña, mi espejo
Si bien logré en 2016 y 2017 las cumbres del Cerro San Miguel y Nevado de Toluca, el Izta siempre se me había negado. Intenté su cumbre tres veces: 2008, 2010, 2016. En todas me quedé en el camino. Mi tío siempre repetía: “Tiempo al tiempo. La montaña está ahí. Llegará tu momento”. Y llegó. En 2023, a sangre y fuego, acompañado de mis hermanos de montaña, Darién y Erick, lo logramos. Con mal de altura, pero con alma.
Desde entonces la “Mujer Dormida” me ha regalado paisajes inolvidables y tres cumbres más. También en “La Malinche” hemos visto la gloria y no esolo eso, en 2024, dicho volcán me regaló una lección más. Conocí a ‘Chema’, un guardián de la montaña, un ángel de paso lento y palabra sabia. Él nos recordó que la montaña no se conquista. La montaña te recibe cuando estás listo.
Tacaná: veinte años en una sola cumbre
Mi madre libra la batalla contra el cáncer de mama desde 2023 y está venciendo, es una guerrera a quién admiro y amo con todo mi ser. Luego de ese golpe se presentó otro: murió mi madrina Graciela, y 2025 no ha sido más indulgente: a inicios de año falleció mi abuela y, sin avisar, días después partió también mi mentor, mi padre del montañismo, Juan Bernal.
Quise honrar sus nombres con amor, con altitud y silencio. Me fui a Unión Juárez en Chiapas, donde me recibió Rosemberg Morales, guía sincero, alma noble, de los que esperan, escuchan y acompañan, como debe ser en la montaña.
Venía cansado. La víspera, el 8 y 9 de noviembre, había hecho la cumbre tradicional de noviembre del Iztaccíhuatl con AIRE. Y el 10 inicié el camino al Tacaná. Veinte años después, como aquella primera vez, un volcán desconocido.
Subimos desde abajo, casi 3 mil metros de desnivel real. Paisajes húmedos, bosques vivos, flores como guardianas del sendero y dos perritos que se sumaron a mí. A las 5:30 de la mañana, con viento que acariciaba la piel como un recuerdo, llegué a la cima. Dos cumbres en menos de tres días. Veinte años en una sola mirada y ahí entendí:
“Nada en esta vida se consigue desde lo individual, sino en lo colectivo”.
Leí una vez: “Nunca olvides a quien te llevó a la montaña”. El primero fue mi padre, a quien amo con todo mi corazón: Pedro Raymundo Rangel fue a los cerros de Michoacán y La Marquesa en Toluca. Si bien él es un apasionado del futbol, deporte que me inculcó y que también me gusta, el montañismo es mi vida, y ahora lo sé.
El segundo, mi mentor, Juan Bernal Sampallo, mi tío e impulsor de mi pasión por el montañismo, cuya voz aún resuena en cada sendero. Su legado está vivo. En mí, en nosotros, en AIRE, y en cada paso que siga dando esta familia montañista.
Y así lo digo hoy, veinte años después:
Gracias, Montaña.
Por enseñarme que el camino se hace en colectivo,
que la vida no es una cumbre ni lo más importante, sino el andar.
Y que quien una vez sube,
nunca vuelve a bajar del todo.
En pocas palabras el montañismo me enseñó a abrazar el silencio, a escuchar la vida en el viento y a reconocer que no se llega a la cima para conquistarla, sino para encontrarse. No sé hasta dónde me llevarán los próximos pasos, pero sé que seguirán oliendo a tierra mojada y a promesa. Porque mientras haya un volcán encendido en el horizonte, siempre seré ese montañista que carga en su mochila no solo equipo, sino recuerdos, nombres y un amor eterno por los amigos y por la montaña.
Con dedicatoria especial para mi madre.
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Raymundo Rangel Laguna es periodista e historiador con más de 15 años de experiencia en prensa escrita, radio y televisión. Egresado de Comunicación y Cultura e Historia y Sociedad Contemporánea por la UACM, con formación complementaria en el INAH. Actualmente forma parte de Grupo Radio Fórmula y se especializa en política nacional e internacional, deportes y montañismo. Ver más













