Opinión

Partidos que no ilusionan, pero sí podrían exhibir

México enfrenta a Bolivia y Panamá sólo con jugadores de Liga MX y con las dudas de toda su historia.

México tendrá dos partidos de preparación, pero sin jugadores de Europa Mexsport Especial
México tendrá dos partidos de preparación, pero sin jugadores de Europa Mexsport Especial

La Selección Mexicana se prepara para enfrentar a Panamá y Bolivia en condición de visitante, en dos partidos que, por contexto y calendario, dicen más de lo que aparentan. No hay Fecha FIFA, no hay jugadores que militan fuera de la Liga MX y no hay, tampoco, una expectativa deportiva inmediata que emocione al aficionado. Pero justamente ahí está el punto: estos encuentros no buscan deslumbrar, buscan revelar.

México entra a una etapa del proceso rumbo al Mundial donde las decisiones ya no pueden ser complacientes. El margen se estrecha, los roles empiezan a definirse y cada ventana disponible se convierte en un ejercicio de lectura interna. Estos partidos de preparación no están diseñados para evaluar a la selección ideal, sino para observar la profundidad real del proyecto. Para medir qué tanto puede sostenerse cuando el contexto deja de ser cómodo.

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Javier Aguirre encabeza el proceso del Mundial del 2026 con miras al 2030.

Que no sea Fecha FIFA lo cambia todo. No porque impida convocar a los nombres habituales, sino porque obliga a mirar hacia la estructura local sin atajos. La Selección queda, en este caso, directamente ligada a lo que produce la Liga MX. Sin discursos, sin comparaciones con Europa, sin la tentación de justificar ausencias. Es el fútbol mexicano mirándose al espejo, sabiendo que, llegado el momento, no siempre tendrá a los jugadores de ligas foráneas disponibles.

En ese escenario, la presencia de ocho jugadores de Chivas funciona más como síntoma que como apuesta. No es un guiño ni una concesión simbólica. Es la consecuencia natural de un club que, por diseño, trabaja exclusivamente con futbolistas mexicanos y que, por lo mismo, se convierte en proveedor inevitable cuando la Selección necesita construirse desde lo local. No significa que Chivas sea hoy la base del equipo nacional ni que esos jugadores tengan asegurado un lugar en la lista final rumbo al Mundial. Significa algo más elemental: cuando no hay opción, ciertos modelos de club pesan más que otros.

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Aguirre solo contará con jugadores de la Liga MX para sus primeros dos duelos del año.

Estos partidos parecen pensados menos para el Mundial inmediato y más para el siguiente ciclo. Y eso, lejos de ser una contradicción, revela una lectura pragmática del momento. A estas alturas, la columna vertebral del equipo que jugará el Mundial está prácticamente delineado. Lo que queda es ampliar el margen, identificar perfiles complementarios y entender comportamientos en contextos distintos. Visitar a Panamá y Bolivia, sin figuras y sin obligación mediática, permite observar respuestas que en otro tipo de partidos quedarían ocultas.

Por eso, más allá de los nombres convocados, llaman la atención los que no están. El caso de Elías Montiel es uno de ellos. No desde la queja automática ni desde la idealización del talento joven, sino desde la lógica del ejercicio. Montiel es un futbolista con recorrido en procesos formativos, con experiencia internacional juvenil y con un perfil que encaja justamente en este tipo de convocatorias: escenarios de evaluación, ritmo controlado y necesidad de lectura táctica más que de impacto inmediato. Incluso considerando que viene saliendo de una lesión, estos partidos parecían una oportunidad natural para observarlo de cerca.

Su ausencia deja una sensación incómoda: la de un proceso que sigue siendo selectivo no solo por rendimiento, sino por timing y jerarquías preestablecidas. Y eso abre una pregunta que va más allá de un nombre propio: ¿qué tan incluyente es realmente la Selección para integrar a sus jóvenes cuando el contexto lo permite? Si incluso en ventanas como esta el espacio es limitado, el mensaje implícito es que el camino sigue siendo más estrecho de lo que se admite públicamente.

Panamá y Bolivia no son rivales elegidos para lucirse. Panamá ha crecido en competitividad, entiende bien cómo incomodar a México y suele exigir concentración y orden. Bolivia, en casa, plantea un desafío físico y mental distinto, más asociado al esfuerzo físico relacionado con la altura a la que se juega, que al talento. Ninguno obliga a la excelencia, pero ambos castigan la desconexión. Y eso es precisamente lo que se busca observar: cómo se comporta un equipo mexicano sin figuras que resuelvan desde la individualidad, cómo administra los momentos y cómo sostiene una idea cuando el partido no se abre solo.

El valor de estos encuentros no está en el resultado, sino en el comportamiento colectivo. En la manera en que los jugadores interpretan el partido, ocupan espacios y asumen responsabilidades sin el respaldo de nombres consolidados. Son partidos que no construyen narrativa épica, pero sí dejan pistas claras para el cuerpo técnico.

Al final, estos juegos obligan a la Selección Mexicana a una reflexión incómoda pero necesaria. A aceptar que el problema histórico no ha sido la falta de talento, sino la dificultad para integrarlo con coherencia y continuidad. Cada convocatoria que excluye perfiles con proyección, incluso en contextos de prueba, refuerza esa percepción.

Panamá y Bolivia no definirán el rumbo del Mundial, pero sí exponen una verdad central del proceso: qué tan preparada está la Selección para sostenerse cuando no están los de siempre. Y esa, aunque no genere entusiasmo inmediato, es una de las preguntas más importantes del camino rumbo a 2026.

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