Una crisis silenciosa rumbo a 2026
El Tri tiene apenas unos meses para saldar la deuda con su afición de cara a un nuevo Mundial en casa y no es cosa menor.

La derrota 4-0 ante Colombia no fue un simple tropiezo. Fue una radiografía descarnada de la fragilidad del futbol mexicano. En Dallas, el equipo nacional no solo fue superado; fue exhibido. Colombia, con futbolistas en clubes de élite: Luis Díaz (Liverpool), Jhon Arias (Fluminense), Jefferson Lerma (Crystal Palace), Daniel Muñoz (Crystal Palace), mostró dinámica, fuerza y profundidad. México, en cambio, ofreció un cuadro desarticulado, sin jerarquía ni referentes consolidados en el máximo nivel.
Hoy el único jugador mexicano con presencia real en una gran liga europea es Santiago Giménez, recién llegado al Milan tras un paso brillante por el Feyenoord. El resto se dispersa entre equipos menores o en ligas intermedias: Edson Álvarez en West Ham, César Huerta en Anderlecht , y poco más. Mientras Colombia puede armar una selección con figuras de Premier League, Serie A y Ligue 1, México apenas alcanza a completar una nómina con experiencia en Europa.
El problema no es de talento, sino de estructura. En México, los clubes y promotores se han convertido en los principales obstáculos para la evolución del jugador nacional. Los precios inflados con los que se cotiza a los jóvenes, para proteger activos y mantener control, cierran cualquier posibilidad real de exportación. En Europa, ningún club pagará 10 millones de euros por un futbolista que aún no juaga regularmente en selección.
El resultado es una paradoja: se presume una liga fuerte económicamente, pero incapaz de proyectar a sus talentos. Mientras Colombia, Ecuador o Uruguay colocan cada año nuevos nombres en Europa, México se estanca en su propio sistema de intereses. Las aspiraciones de los futbolistas quedan subordinadas al negocio.
Tres días después del papelón ante Colombia, el equipo mostró una cara distinta frente a Ecuador. No fue un gran partido, pero sí un alivio. Berterame, titular en lugar de Santi Giménez, marcó el gol del empate y fue de lo más participativo del ataque. Sin embargo, la pregunta sigue siendo inevitable: si Giménez es el delantero más competitivo de México y tiene minutos en Europa, ¿por qué no arranca desde el inicio?
La respuesta parece más política que futbolística. A veces, los entrenadores se obsesionan con “dar oportunidad a todos” o “probar variantes”, pero el tiempo de los experimentos ya terminó. En una fecha FIFA con tan poco margen hacia el Mundial 2026, las pruebas solo sirven si aportan certezas.
Contra Ecuador, el técnico modificó más de la mitad del once que había iniciado ante Colombia, y los resultados se notaron. La defensa con Johan Vásquez, Montes, Mateo Chávez e Israel Reyes se mostró más sólida, dinámica y con mejor salida. México, que ante Colombia sufrió por los costados, lució más firme y seguro. Lira y Sánchez ofrecieron proyección y equilibrio. Reyes, aunque aún sin amarrar titularidad, aportó más orden defensivo.
En contraste, ante Colombia la defensa fue endeble. Los costados se hundieron ante la presión y la falta de coordinación entre centrales y laterales dejó al portero constantemente expuesto. El medio campo fue pasivo, sin recuperación ni transiciones rápidas. Y arriba, un ataque sin ideas ni presencia. En 90 minutos, México solo generó una ocasión clara.
El entrenador, hoy bajo la lupa, carga con buena parte de la responsabilidad. Nadie le pide milagros con la materia prima disponible, pero sí un mínimo de orden y estrategia. El planteamiento ante Colombia fue un desastre táctico: líneas separadas, laterales sin coberturas y un mediocampo incapaz de retener la pelota. En el segundo juego, al menos se notó trabajo en los relevos y se corrigió la presión alta.
Pero la autocrítica debe ir más allá del banquillo. México enfrenta una crisis de formación. Los procesos juveniles se estancan, las canteras priorizan resultados sobre desarrollo, y los clubes prefieren llenar cupos con extranjeros accesibles antes que invertir en la consolidación de jóvenes nacionales. No es casualidad que selecciones como Ecuador o Colombia, con menos recursos, produzcan hoy más talento exportable.
Faltan pocos meses para el Mundial en casa, y el Tri aún no tiene una identidad clara. Cada partido parece una historia nueva: cambios de alineación, de dibujo táctico, de protagonistas. No hay una propuesta definida ni una columna vertebral. Sin estructura ni liderazgo, es imposible competir ante potencias que ya juegan de memoria.
La goleada ante Colombia no fue solo un marcador abultado: fue una advertencia. México está en deuda con su historia, con su afición y con su propio potencial. El empate ante Ecuador apenas maquilló el golpe, pero no lo borró.
Si el futbol mexicano no se atreve a romper sus propias cadenas —clubes que encarecen, promotores que controlan, técnicos que improvisan—, llegará al 2026 sin rumbo ni alma. Y entonces, cuando la Copa del Mundo se juegue en su casa, el Tri correrá el riesgo más grande de todos: quedar en evidencia frente al mundo, otra vez, completamente desnudo.
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