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Entre cempasúchil, altares y recuerdos: mi viaje por el Día de Muertos en la CDMX

Durante tres días viví la magia del Día de Muertos, recorriendo el Festival Tlalmanalli Azcatl en Azcapotzalco, las ofrendas del Zócalo, el desfile en Reforma, la obra de La Llorona en Parque Tezozómoc y finalmente el Panteón de San Isidro.

Un Xolo en el Zócalo de la CDMX / Foto: Raymundo Rangel
Un Xolo en el Zócalo de la CDMX / Foto: Raymundo Rangel

El Día de Muertos no es solo una fecha en el calendario; es un puente entre lo visible y lo invisible, un susurro de la memoria que se cuela entre las flores de cempasúchil y el aroma dulce del pan recién horneado. Cada vela encendida, cada calavera de azúcar, cada ofrenda cuidadosamente dispuesta, nos recuerda que aquellos que nos dejaron siguen viviendo en nuestro recuerdo y en nuestras historias.

Es un tiempo en que la tristeza se mezcla con la alegría, donde la risa de los niños y la nostalgia de los mayores se encuentran en plazas, parques y panteones, creando un festín de colores, aromas y sonidos. Caminar entre altares y figuras gigantes es sentirse parte de algo más grande: una celebración de la vida misma, que se niega a desaparecer y que cada noviembre nos invita a recordar con amor y gratitud.

Azcapotzalco y el Festival Tlalmanalli Azcatl: un viaje a la memoria

Mi primer día comenzó con una invitación sencilla: “¿Quieren ir a caminar?” Mi esposa y mi hija respondieron con un sí entusiasta. Tomamos un taxi que nos dejó en el metro Camarones, y ya desde allí el aroma a cempasúchil nos anticipaba lo que encontraríamos.

Al llegar a Avenida Azcapotzalco, nos topamos con el Festival Tlalmanalli Azcatl, un espectáculo que parecía surgir del corazón de la tradición. Desde Sanborns hasta la plancha de la Alcaldía, se extendía un corredor de ofrendas de todos los colores y sabores: fotos de seres queridos, flores naranjas que brillaban bajo el sol, veladoras encendidas, altares dedicados a quienes cumplieron su deber y a los derechos humanos.

Niños y adultos corrían de un altar a otro, maravillados con las máscaras, los bailables y los gigantescos esqueletos que danzaban al ritmo de la música. Compré mi calavera amarilla para contrastar con la roja de mi ofrenda y nos detuvimos a probar elotes, tortitas y atoles. La orquesta sinfónica al final del corredor nos acompañó en un cierre que parecía flotar entre memoria y fiesta, mientras las luces y los aromas nos envolvían.

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Grandes ofrendas en el Parque Hidalgo en Azcapotzalco / Foto: Raymundo Rangel

Zócalo y Paseo de la Reforma: desfile de colores, música y vida

El segundo día nos llevó al Zócalo capitalino, donde enormes altares y figuras monumentales celebraban la vida de grandes personajes y de aquellos que nos dejaron demasiado pronto. Entre mariposas amarillas de papel, flores, nieves de limón, durazno y mango, caminamos admirando la alegría y emoción de los niños, que corrían de un espectáculo a otro con los ojos brillando de asombro.

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Ofrenda monumental en el Zócalo de la Ciudad de México / Foto: Raymundo Rangel Laguna

Luego nos unimos al Desfile de Día de Muertos, que recorrió Paseo de la Reforma con alebrijes, calaveras gigantes y bailables de cumbia, ska, trova y jazz.

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Catrina mecánica en Paseo de la Reforma / Foto: Raymundo Rangel Laguna

Cada paso, cada color y cada ritmo parecía susurrar que la muerte no es ausencia, sino una celebración de la memoria. Nos sentamos en un banquito para contemplar el espectáculo, saboreando una ciudad convertida en fiesta y recuerdo.

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Desfile en Paseo de la Reforma / Foto: Raymundo Rangel Laguna

Parque Tezozómoc y La Llorona: entre mito y tradición

Después de una mañana y tarde por el Centro Histórico, nos fuimos al norte de la ciudad, nos dirigimos al Parque Tezozómoc, donde las ofrendas y cráneos gigantes creaban un paisaje mágico de colores y aromas. Allí se presentó La Llorona, mezcla de mito y emoción, que nos hizo estremecer y reflexionar sobre las leyendas que habitan nuestra historia.

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La Llorona en el lago del Parque Tezozomoc / Foto: María Rangel

Mientras los adultos admiraban la puesta en escena, todos reían entre flores y calaveritas de chocolate, compartiendo risas que se mezclaban con los aromas a ponche, tamales y garnachas.

Saliendo de la obra recorrimos las calles de Hacienda del Rosario, ellos recibían dulces y sonrisas de vecinos que mantenían viva la tradición. Finalizamos la jornada con tostadas de tinga, pata y picadillo, acompañadas de pan de muerto, café y ponche caliente.

Panteón de San Isidro: despedida, color y memoria

Hoy la muerte nos llevó al Panteón de San Isidro, entre aromas a cempasúchil, flores y velas que iluminaban tumbas llenas de vida y color. Familias llegaban con ramos de flores, agua para sus ofrendas y cubetas de cariño, mientras los niños corrían entre sepulcros decorados, fascinados por cada detalle.

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Colores y memoria, un mausoleo en el Panteón de San Isidro / Foto: María Rangel

El 2 de noviembre cerré mi recorrido colocando flores a mis seres queridos y al llegar a casa arreglé mi ofrenda simbólicamente a mis abuelos y tíos, mientras nosotros esperaremos su regreso en 2026. Entre flores, aromas y murmullos de la memoria, entendí que el Día de Muertos es un puente que nos conecta con quienes nos dejaron, celebrando la vida en cada color, cada sonido y cada sabor.

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