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México, dudas y contradicciones, incluso ganando

El Tri gana, pero no hay entusiasmo, no hay interés de la gente que con un Mundial en casa, no podría estar más apagado.

El Tri se llevó dos victorias que sólo sirven para la estadística Mesport Especial
El Tri se llevó dos victorias que sólo sirven para la estadística Mesport Especial

Las dos victorias de la Selección Mexicana en su reciente gira por Centro y Sudamérica dejan un sabor extraño. México venció 1-0 a Panamá en Ciudad de Panamá y repitió el mismo marcador frente a Bolivia en Santa Cruz de la Sierra. Dos triunfos como visitante que, en otro contexto, podrían interpretarse como señales positivas. Sin embargo, a pocos meses del inicio del Mundial 2026, la lectura es bastante menos alentadora.

Ninguno de los tres equipos se presentó con su mejor versión. Panamá, ya clasificada al Mundial, optó por una alineación alternativa. Bolivia, que todavía aspira a meterse vía repechaje, también reservó a la mayoría de sus titulares. México, por su parte, viajó con una llamada “Selección B”, condicionada por no tratarse de fechas FIFA, pero que incluyó a varios futbolistas que han sido recurrentes durante esta tercera etapa de Javier Aguirre al frente del equipo nacional. No era un grupo improvisado ni un equipo completamente experimental. Y ahí comienza el problema.

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Javier Aguirre siempre ha trabajado con equipos hechos para sobrevivir.

Los resultados fueron favorables, sí, pero las formas volvieron a encender las mismas dudas que han acompañado a este proceso desde su inicio. Dos partidos, dos goles, ambos obtenidos más por errores del rival o acciones aisladas que por una construcción ofensiva sostenida. México controló tramos de ambos encuentros, mostró orden defensivo y disciplina táctica, pero volvió a evidenciar enormes dificultades para generar peligro real en el último tercio del campo.

La pregunta es inevitable: ¿a qué juega esta Selección Mexicana? Con tantos nombres, tantos ajustes y tantas pruebas, la identidad se diluye. Desde que Aguirre asumió esta etapa del proyecto, ha convocado a 81 jugadores. De ese universo, alrededor de diez no han disputado ni un solo minuto. Llamarlos, entonces, parece más un gesto administrativo que una decisión futbolística. En un proceso que debería estar afinando detalles, la sensación es que todavía se están acumulando ensayos sin conclusiones claras.

El dato más revelador aparece al analizar las posiciones. La delantera es, por mucho, la zona más pobre en alternativas y continuidad. Hay menos atacantes que mediocampistas o defensores convocados, y ninguno termina de consolidarse como una solución confiable. No es un problema nuevo, pero sí uno cada vez más urgente. México sufre para producir fútbol ofensivo y sufre todavía más para definir.

De los delanteros que han repetido convocatorias —Berterame, Giménez, Jiménez y Quiñones— hay un caso que resulta especialmente llamativo. Julián Quiñones atraviesa un buen momento en su carrera. Sus cifras goleadoras lo colocan entre los atacantes mexicanos más productivos de la temporada, con cerca de veinte anotaciones y un rendimiento sostenido. Su polivalencia lo convierte en un futbolista particularmente valioso: puede jugar como centro delantero, segundo punta o incluso abierto por las bandas. En teoría, un perfil ideal para una selección que carece de creatividad y soluciones en ataque.

Pero, Quiñones no parece terminar de convencer al cuerpo técnico. Ha quedado fuera de varias convocatorias y, cuando ha estado, su participación ha sido intermitente. Cuesta entender esa falta de continuidad cuando justamente lo que más necesita este equipo es alguien que convierta llegadas en goles y que ofrezca variantes ofensivas. La contradicción es evidente: el delantero más productivo del momento no termina de encontrar su lugar en una selección urgida de gol.

Más allá de nombres propios, el problema es estructural. El plan de juego parece orientado, ante todo, a reducir riesgos. México es un equipo que se ordena bien, que compite, que corre y que intenta sostener el cero atrás. Pero cuando tiene que proponer, cuando debe asumir el control creativo del partido, se queda corto. No hay trabajo ofensivo, no hay sociedades claras, ni un mediocampo que conecte con los atacantes de forma fluida. La posesión suele ser estéril y las llegadas escasas.

Este enfoque no es nuevo en la carrera de Javier Aguirre. A lo largo de su trayectoria, ha construido equipos eficaces para sobrevivir, para resistir contextos adversos, para evitar la catástrofe. Ha sido especialista en apagar incendios, en sacar equipos de la quema del descenso, en competir desde el orden. Pero cuando sus equipos han necesitado proponer, dominar y deslumbrar, casi siempre se han quedado a medio camino. El patrón se repite ahora en la Selección Mexicana.

El problema es que el tiempo ya no juega a favor. El Mundial 2026 está a la vuelta de la esquina y esta selección no transmite ilusión. No convence, no agrada y, quizá lo más grave, no genera entusiasmo. El interés de la afición es bajo y el escepticismo alto. Son pocos los que creen que México pueda aspirar seriamente a unas semifinales, mucho menos a una final. La expectativa se ha reducido a competir con dignidad y avanzar lo que se pueda.

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Aguirre y Rafa Márquez tienen poco tiempo para hacer que México juegue mejor.

Entonces surge la pregunta de fondo: ¿dónde está el mayor problema?, ¿en la dirección técnica o en la falta de materia prima? Probablemente en ambos. Desde el banquillo no se ha logrado construir una idea ofensiva clara ni potenciar al máximo los recursos disponibles. Pero también es cierto que el fútbol mexicano atraviesa un momento complejo. La Liga MX está saturada de jugadores extranjeros, muchos procesos formativos se quedan a medias y la producción de talento ofensivo de alto nivel es limitada. Armar una selección competitiva se vuelve cada vez más complicado.

Lo más preocupante es que, frente a este panorama, la respuesta estructural del fútbol mexicano ha sido prácticamente nula. No hay señales claras de un proyecto que apueste por mejorar la calidad del futbolista nacional, ni por corregir los vicios de una liga que privilegia la inmediatez económica sobre el desarrollo deportivo. La saturación de extranjeros, los procesos formativos inconclusos y la falta de competencia real para los jóvenes han terminado por estrechar el margen de maniobra de la Selección Nacional.

Así, el problema ya no puede reducirse únicamente a la figura del entrenador. Javier Aguirre trabaja con un material limitado, pero también es cierto que su propuesta no logra maximizar lo poco que hay. El equipo corre, se ordena, compite, pero no imagina. Y en el fútbol internacional actual, competir sin imaginar es condenarse a la supervivencia, nunca a la trascendencia.

México llega a la antesala del Mundial 2026 con una selección que parece diseñada para resistir más que para proponer. Gana partidos por la mínima, se refugia en el esfuerzo colectivo y apuesta a que el orden sea suficiente. Pero en casa, ante su gente y frente a las potencias del mundo, ese libreto difícilmente será suficiente. El margen de error será mínimo y la exigencia, máxima.

Hoy, el Tri no ilusiona porque no ofrece un rumbo claro. No hay un golpe de calidad visible, ni un futbolista que marque diferencia, ni una idea que contagie. El riesgo no es perder partidos: el riesgo es llegar al Mundial sin una identidad definida, esperando que el contexto de jugar en casa ante su afición haga el trabajo que no se ha hecho desde el escritorio ni desde la cancha.

México, dudas y contradicciones aún ganando.

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