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Vivimos en una sociedad donde la apariencia física se ha convertido en un estándar para medir nuestro valor. Las redes sociales, la publicidad y hasta conversaciones cotidianas transmiten un mensaje claro: para ser aceptado y considerado “saludable” debes lucir de cierta manera.
Este bombardeo de ideales inalcanzables empuja a muchas personas a medidas extremas, como dietas restrictivas o rutinas de ejercicio agotadoras, con la promesa de alcanzar ese “cuerpo ideal”.
El problema es que esta presión no solo afecta la autoestima, sino también la forma en que nos relacionamos con la comida. Cuando el objetivo es cambiar el cuerpo a toda costa, los alimentos dejan de verse como fuente de nutrición y disfrute, y se convierten en enemigos prohibidos, como detalla la experta Daniela Durazo.
Así nace el miedo a los carbohidratos, los postres o cualquier comida que pueda “hacer engordar”. Lo que debería ser un acto natural se transforma en una experiencia cargada de ansiedad y culpa. Ese miedo abre la puerta a la restricción.
Muchas personas creen que la única manera de “comer bien” es seguir una dieta, contar calorías o imponer reglas estrictas. Pero cuanto más se limitan, más se desconectan de las señales naturales de hambre y saciedad.
Este patrón de restricción lleva inevitablemente a episodios de atracones, seguidos de más culpa y más intentos de control, reforzando este ciclo dañino. Las consecuencias se sienten en el cuerpo y en la mente.
A nivel físico, aparecen fatiga, alteraciones hormonales, problemas digestivos y un sistema inmune debilitado. A nivel emocional, aumentan la ansiedad, la obsesión con la comida, la baja autoestima y el riesgo de desarrollar trastornos alimenticios como anorexia, bulimia o trastorno por atracón.
Es importante reconocer que la salud no se mide por la apariencia ni por el peso. De hecho, enfocarse únicamente en la báscula suele empeorar la relación con la comida: fomenta la restricción, dispara los atracones y profundiza el malestar.
Una relación equilibrada con los alimentos empieza por aceptar al cuerpo tal como es y dejar de compararlo con estándares irreales.
Con más de 13 años de experiencia trabajando con mujeres que enfrentan trastornos de la conducta alimentaria, he comprobado que el mayor obstáculo para sanar la relación con la comida no es la falta de fuerza de voluntad, sino la presión constante por cambiar el cuerpo.
Solo cuando aprendemos a cuestionar esos ideales y a reconciliarnos con nuestra imagen corporal, podemos recuperar una relación libre y tranquila con la comida, como detalló la experta.
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