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La presidenta de la República tiene razón: es machista suponer que una mujer en el poder sólo obedece a un hombre. Pero tal argumento se vuelve tramposo cuando se usa como escudo político. Aquí no está en juego la capacidad de una mujer para decidir, sino la decisión que ya tomó: continuar, sin matices, el proyecto de Andrés Manuel López Obrador. No es misoginia cuestionarlo. Y cuando desde Palacio se responde “machismo” a toda crítica, lo que se intenta no es defender a las mujeres, sino desactivar la bomba del debate.
El punto de fondo es incómodo para el poder: la Presidenta no niega la continuidad, la reivindica. “Somos parte del mismo proyecto”, dice. Entonces el problema no es si Claudia Sheinbaum tiene libre albedrío, sino cómo lo ejerce. Porque gobernar no es sólo heredar un movimiento, es decidir si se construye un sello propio o se administra la inercia del liderazgo anterior. Y hoy, cada decisión, cada discurso y cada silencio siguen orbitando alrededor del mismo centro político.
Por eso el recurso del machismo como argumento universal termina siendo un blindaje. Convierte la crítica legítima en agresión y coloca al poder por encima del escrutinio. Pero en democracia no hay escudos retóricos que valgan: ni el género, ni la popularidad, ni la herencia política sustituyen la obligación de responder. La pregunta no es si Claudia Sheinbaum puede decidir por sí misma; la pregunta es si quiere hacerlo, o si ha decidido gobernar a la sombra de quien la llevó al poder.
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