Entre el trámite y la decepción en CONCACAF
Al partido de Pumas contra San Diego FC le faltó contundencia, claridad y jerarquía en el último tercio.

La segunda vuelta de los octavos de final de la CONCACAF Champions Cup dejó una sensación incómoda para el fútbol mexicano: los resultados alcanzaron, en algunos casos, pero el funcionamiento volvió a quedar en entredicho. No es un asunto de marcadores, es un asunto de autoridad. Y en ese terreno, salvo contadas excepciones, los clubes de la Liga MX siguen sin imponer condiciones como históricamente presumían hacerlo.
En Ciudad Universitaria, Pumas UNAM volvió a quedar expuesto frente a San Diego FC. El dato es demoledor: 25 disparos, 10 a puerta y un solo gol. Tres tantos necesitaba el equipo universitario para darle la vuelta a la eliminatoria y terminó ofreciendo una exhibición de impotencia ofensiva. No fue un partido sin llegadas; fue un partido sin contundencia, sin claridad y, sobre todo, sin jerarquía en el último tercio. Se puede fallar, pero no se puede fallar tanto cuando el contexto exige precisión quirúrgica.
El problema de Pumas ya no es circunstancial, es estructural. La UNAM dejó de ser protagonista en torneos internacionales hace tiempo. Aquellas noches de autoridad continental parecen pertenecer a otra época. El proyecto de Efraín Juárez, tras un torneo y medio al frente, tiene una deuda evidente con la afición. No se trata solo de resultados, sino de identidad. El equipo no transmite una idea reconocible ni una evolución clara. En la cancha, por supuesto, son los futbolistas quienes deciden; pero la construcción del plantel también responde a decisiones técnicas. Algunos refuerzos no han marcado diferencia y otros, de los que se esperaba un salto de calidad, han retrocedido en su rendimiento. El abucheo en CU no fue visceral ni desmedido: fue la reacción lógica de una grada que percibe estancamiento.
Mientras tanto, en la Ciudad de los Deportes, América empató sin goles frente a CD Olimpia. El resultado global le permitió avanzar gracias al triunfo en Tegucigalpa, pero el desempeño volvió a dejar dudas. Después de haber entendido la ida con oficio y jerarquía, se esperaba que América ofreciera una noche convincente ante su gente. No ocurrió. El equipo fue nuevamente inoperante en ataque, plano en la generación y previsible en los últimos metros.
El empate a cero no es una tragedia, pero sí una señal futbolística. América tuvo el escenario ideal para afinar su juego de cara al Clásico Nacional y, en cambio, ofreció una actuación tibia. El equipo circula el balón, pero no hiere; llega, pero no concreta; controla, pero no desborda. En torneos internacionales, esa diferencia entre dominar y resolver suele ser la frontera entre trascender o quedar a mitad del camino. Lo preocupante no es el pase a la siguiente ronda, sino la sensación de que el equipo no termina de alcanzar su techo futbolístico cuando el entorno le es favorable.
En contraste, Tigres UANL sí entendió el mensaje. Tras el empate helado sin goles en Canadá ante Forge FC, el regreso al Volcán marcó la diferencia. Cuatro goles y una actuación solvente disiparon cualquier duda. Tigres hizo lo que se espera de un plantel con experiencia internacional: resolvió en casa sin titubeos. El contexto influyó —el clima, la cancha, la presión de la afición— pero la actitud fue determinante.
En esa noche destacó Diego Lainez, participando directamente en varias de las jugadas de gol, ya fuera asistiendo o participando en las acciones que terminaron en gol. En Tigres luce suelto, determinante, protagonista. Sin embargo, la conversación inevitable apunta a la Selección. Con el club responde, con la camiseta nacional todavía queda a deber. La exigencia no es caprichosa: el talento está. Lo que se le reclama es continuidad y peso específico en escenarios mayores. Tigres, al menos, encontró en él un elemento diferencial para resolver una serie que amenazaba con complicarse.
Monterrey, por su parte, hizo apenas lo suficiente frente a Xelajú en el Gigante de Acero. Ganó, avanzó y cumplió el trámite. Pero el análisis no puede detenerse en el marcador. Monterrey cuenta con uno de los planteles más profundos y costosos de la región. Se espera que imponga condiciones con claridad, sobre todo en casa y ante rivales que, en teoría, están varios escalones por debajo en presupuesto y calidad individual.
La sensación que deja Rayados es la de un equipo que administra ventajas sin aplastar cuando puede hacerlo. Esa etiqueta de “perdona vidas” no es gratuita: genera, domina y, por momentos, parece especular. En torneos como la Champions Cup, esa indulgencia puede pagarse cara en fases más avanzadas. La contundencia no es solo cuestión de goles; es también cuestión de autoridad. Monterrey avanza, sí, pero no intimida.
Si algo deja esta jornada es una conclusión incómoda: la superioridad histórica del fútbol mexicano en la región ya no es automática. Los clubes siguen teniendo mejores planteles, mayor presupuesto y más experiencia internacional, pero la diferencia en la cancha no siempre se traduce en contundencia. Pumas quedó fuera mostrando una preocupante falta de eficacia. América avanzó sin convencer. Monterrey cumplió sin deslumbrar. Solo Tigres, en la vuelta, ofreció una actuación acorde a las expectativas.
El debate no pasa por cuestionar si la Liga MX sigue siendo fuerte en CONCACAF; pasa por preguntarse si la exigencia interna está al nivel de la inversión y el discurso. Los proyectos necesitan coherencia y los futbolistas necesitan asumir el peso de la camiseta cuando el margen se reduce. La Champions Cup no perdona distracciones ni tibiezas.
En el corto plazo, los equipos mexicanos siguen vivos en la competencia. En el fondo, sin embargo, la sensación es que la autoridad ya no se impone por inercia. Ahora hay que demostrarla cada 90 minutos. Y en ese examen, hasta ahora, solo uno aprobó con nota alta.
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