El torneo no se define, Gignac de nuevo protagonista
El torneo comienza a entrar en una etapa donde los errores ya cuestan porque en 7 fechas se acaba la fase regular.

La Jornada 10 del Clausura 2026 dejó una sensación que empieza a repetirse conforme avanza el torneo: la tabla se aprieta y cada resultado empieza a tener un peso que ya no es solamente estadístico, sino emocional y estructural para los equipos. Ya no se trata únicamente de sumar puntos; se trata de confirmar proyectos, corregir rachas o empezar a aceptar que el torneo se puede escapar antes de tiempo.
Uno de los resultados más reveladores fue la victoria de Mazatlán sobre León por 4-2, un marcador que, más allá de lo abultado, vuelve a confirmar que en el futbol mexicano la localía sigue teniendo un peso específico cuando los equipos se atreven a jugar sin complejos. Mazatlán, equipo que se encuentra en su último torneo, encontró en este partido una versión ofensiva poco habitual: presión alta, verticalidad en los costados y una contundencia que pocas veces se le había visto. León, por su parte, volvió a mostrar uno de sus problemas recurrentes en este torneo: cuando el partido se rompe, pierde equilibrio defensivo y termina concediendo espacios que cualquier rival medianamente eficaz puede aprovechar. La goleada no solo pesa en el marcador; pesa en la percepción de una Fiera que sigue sin consolidar una identidad clara en el Clausura.
En Aguascalientes, Pumas consiguió una victoria mínima pero valiosa ante Necaxa, en un partido que retrata bien el momento del equipo universitario: domina por largos lapsos, genera volumen ofensivo, pero sufre para concretar las oportunidades que produce. El gol de Guillermo Martínez en la recta final del partido permitió rescatar tres puntos que sostienen a los universitarios en la parte alta de la tabla, pero también dejó expuesto un problema que puede volverse peligroso en la segunda mitad del torneo: la falta de contundencia. Pumas tuvo control territorial y numerosas ocasiones de gol, pero necesitó insistir durante casi todo el encuentro para finalmente romper el empate.
Ese tipo de partidos suelen ser una advertencia temprana. Cuando los equipos dominan pero no liquidan, el margen de error se reduce dramáticamente. Pumas ha mostrado una estructura competitiva en este torneo, pero si no mejora su eficacia frente al arco rival, los partidos cerrados pueden convertirse en tropiezos inesperados.
Otro de los equipos que dio un golpe importante en la jornada fue Cruz Azul, que derrotó con claridad 3-0 al Atlético San Luis. El resultado no solo refleja superioridad en el marcador, sino una actuación que confirma algo que se viene observando desde hace varias semanas: la Máquina empieza a encontrar continuidad futbolística. El equipo cementero ha logrado equilibrar dos elementos que en torneos anteriores parecían incompatibles: orden táctico y creatividad ofensiva. Cuando la ofensiva celeste encuentra espacios para asociarse por dentro, Cruz Azul se convierte en un equipo difícil de contener. La goleada ante San Luis es, en ese sentido, un síntoma positivo de un equipo que parece llegar a la parte decisiva del torneo en crecimiento.
Chivas también tuvo una jornada significativa al imponerse en el Clásico Tapatío frente a Atlas. El triunfo rojiblanco tuvo un componente emocional importante: el equipo reaccionó tras un inicio complicado y terminó remontando el partido para quedarse con el 2-1. Armando González y Ángel Sepúlveda terminaron marcando los goles que permitieron revertir el marcador y devolver a Guadalajara a la zona alta de la clasificación.
Más allá del resultado, lo interesante de Chivas es que su temporada ha sido construida sobre una identidad bastante clara: intensidad, juventud y presión constante sobre la salida rival. Es un equipo que puede equivocarse, pero que rara vez especula. Ese tipo de propuestas suele generar partidos abiertos, y en torneos cortos esa valentía puede convertirse en una ventaja competitiva importante.
En Querétaro, América consiguió una victoria que, aunque pueda parecer rutinaria en el marcador, llega en un momento particularmente delicado para el equipo azulcrema. El triunfo 1-2 ante Gallos Blancos permite a las Águilas mantenerse dentro de la pelea, pero el desempeño del equipo sigue dejando interrogantes. América es uno de esos clubes cuya exigencia no se mide solamente en resultados, sino en autoridad futbolística. Y esa autoridad, por momentos, parece diluirse.
La plantilla del América continúa teniendo nombres de peso y talento suficiente para competir por el título, pero la sensación que deja el equipo es la de un conjunto que todavía busca una versión convincente de sí mismo. A ratos domina, a ratos se desordena, y en varios partidos ha tenido que recurrir más a individualidades que a un funcionamiento colectivo claro. La victoria ante Querétaro ayuda a sumar, pero no necesariamente a disipar las dudas.
Uno de los episodios más simbólicos de la jornada fue, sin duda, una nueva edición del Clásico Regio, ese duelo que en los últimos años se ha convertido en uno de los enfrentamientos más intensos y mediáticos del futbol mexicano. Y una vez más, el protagonista terminó siendo el mismo de tantas noches decisivas: André-Pierre Gignac. El delantero francés volvió a aparecer en el momento clave para inclinar el partido a favor de Tigres y confirmar algo que ya parece una constante en la historia reciente del club regiomontano: cuando el partido exige jerarquía, Gignac responde.
El gol que definió el encuentro no fue únicamente una anotación más en su cuenta personal, que le inserta entre los mejores diez goleadores del fútbol mexicano en todos los tiempos. Fue, sobre todo, una demostración de vigencia. A sus 40 años, Gignac sigue siendo el futbolista que entiende mejor que nadie cómo se juegan este tipo de partidos. No necesita correr más que los demás ni tocar el balón constantemente; su influencia está en la lectura del juego, en la capacidad para ubicarse en el momento preciso y en el temple para resolver cuando la presión es máxima.
El Clásico Regio volvió a dejar esa sensación que tantas veces se repite en este tipo de partidos: Monterrey puede tener mayor volumen de juego, más posesión o incluso más llegadas, pero Tigres tiene algo que en los clásicos suele marcar diferencias: futbolistas acostumbrados a decidir. Y en esa categoría, el nombre de Gignac aparece inevitablemente en primer lugar.
Al mirar la tabla general después de diez jornadas, lo que aparece es un campeonato muy parejo. Varios equipos se mantienen separados por pocos puntos, y la diferencia entre los puestos de clasificación directa y la zona media de la tabla es mínima. En torneos largos esa cercanía podría diluirse con el tiempo; en el formato corto de la Liga MX, en cambio, cada jornada puede modificar por completo el panorama competitivo.
Esa es precisamente una de las características más fascinantes, y a la vez más impredecibles, del futbol mexicano: la capacidad del torneo para reinventarse cada fin de semana. Equipos que parecían firmes pueden tropezar de forma inesperada, mientras que proyectos que avanzan sin demasiado ruido terminan encontrando su momento en la parte decisiva de la temporada.
La Jornada 10 deja, en ese sentido, varias lecturas claras. Cruz Azul confirma que está en ascenso. Chivas mantiene su carácter competitivo. Toluca consolida su estabilidad. Pumas sigue siendo peligroso, aunque todavía imperfecto. Y América continúa en esa zona incómoda donde ganar no siempre basta para convencer.
El Clausura 2026 entra así en una fase particularmente interesante. Las primeras diez fechas ya permitieron identificar tendencias, pero todavía no han definido jerarquías definitivas. Y en un torneo donde la liguilla suele redefinirlo todo, llegar a esa instancia con confianza y funcionamiento puede ser mucho más importante que terminar en la cima de la tabla. Porque en la Liga MX, como tantas veces ha ocurrido, el verdadero torneo apenas está por empezar
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