El protocolo del Fan ID no ha arrojado resultados
El futbol mexicano está perdiendo a su público más valioso: aquel que iba a disfrutar, no a pelear.

La tragedia volvió a los estadios del futbol mexicano, en menos de una semana, dos jóvenes, uno en Guadalajara y otro en la Ciudad de México, perdieron la vida en contextos ligados al futbol, ese mismo futbol que debería ser una fiesta, un punto de encuentro, y no una trinchera de violencia e impunidad.
El primero, un muchacho de 16 años que fue apuñalado tras una serenata de Chivas. El segundo, un aficionado de Cruz Azul que murió después de ser sometido por personal de seguridad en el Estadio Olímpico Universitario. Dos tragedias distintas, pero con un denominador común: la incapacidad del sistema para prevenir, identificar y detener a quienes hacen del estadio un campo de batalla.
Durante años, los directivos han presumido al Fan ID como la solución mágica. Una herramienta que, decían, permitiría “saber quién entra y quién se comporta mal”. Pero los hechos recientes son la prueba más dolorosa de que el Fan ID no solo no ha cumplido su propósito, sino que ha terminado siendo una ilusión cara y mal implementada. No ha frenado la violencia, no ha identificado a los violentos y no ha ofrecido garantías reales a los aficionados que solo quieren ver un partido en paz.
La idea en el papel parecía buena: registrar a cada espectador, vincular su identidad con su acceso, y así poder sancionar a quienes provoquen disturbios o agredan a otros. Pero en la práctica, el Fan ID ha sido un sistema descoordinado, voluntario en algunos casos, y sin un registro nacional unificado. Cada club lo aplica como quiere, cada estadio lo interpreta a su manera, y las autoridades, que deberían velar por su correcta operación, solo observan a distancia.
Lo ocurrido en Guadalajara desnuda por completo esa falta de control. La agresión al joven seguidor de Chivas no fue dentro del estadio, pero sí alrededor de un evento organizado por la afición rojiblanca, vigilado por autoridades municipales y con presencia de grupos identificados por todos. Nadie intervino, nadie los detuvo, y lo peor: nadie sabía quiénes eran. El Fan ID no sirve de nada si el problema empieza fuera de los torniquetes.
En el caso del Estadio Olímpico, el problema se agrava. Un aficionado muere bajo custodia de personal de seguridad, en instalaciones de la UNAM, en un partido donde los protocolos de protección civil y seguridad son responsabilidad compartida entre la Universidad, la Liga MX y el club local. Sin embargo, al día siguiente nadie sabía quién había actuado, quién dio las órdenes, ni quién se haría responsable. Una cadena de mando desdibujada que refleja lo mismo que vemos cada fin de semana: improvisación, burocracia y miedo a asumir consecuencias.
Y mientras tanto, las familias, las que antes llenaban las gradas, empiezan a perder la confianza. El estadio, que debería ser un espacio de alegría y convivencia, hoy se percibe como un lugar riesgoso, impredecible. Muchos padres prefieren encender la televisión en casa antes que exponerse a empujones, insultos o enfrentamientos. Lo que era una tradición quincenal se ha ido transformando en una experiencia de incertidumbre.
El futbol mexicano está perdiendo a su público más valioso: aquel que iba a disfrutar, no a pelear. Y mientras los clubes discuten boletajes o campañas publicitarias, el vacío emocional en las tribunas se hace más evidente. El estadio debería ser un punto de unión entre generaciones, un espacio donde la pasión y el respeto convivan, no donde el miedo gane terreno.
Nadie puede fingir sorpresa. Desde la tragedia de Querétaro en 2022, se prometió “tolerancia cero”. Se habló de reestructurar las barras, de prohibir su acceso, de exigir registro total. Se juró que el Fan ID era la gran solución tecnológica. Pero tres años después, lo único que permanece constante es la falta de coordinación entre clubes, ligas, y autoridades. La Federación Mexicana de Futbol no tiene un registro nacional de aficionados violentos. Las ligas no comparten bases de datos entre estadios. Los clubes, temerosos de perder público, prefieren mirar hacia otro lado. Y los gobiernos estatales, más preocupados por el costo político que por la seguridad real, se limitan a “supervisar”.
En un país donde la violencia ya se ha infiltrado en todos los espacios, el fútbol debería ser una excepción, no un reflejo. Pero mientras las medidas sigan siendo cosméticas, mientras se sigan cortando listones de sistemas “inteligentes” que no funcionan, seguiremos lamentando tragedias que pudieron evitarse.
El Fan ID falló porque nunca fue un sistema de seguridad real; fue un gesto político y publicitario. Sin inteligencia operativa detrás, sin coordinación interinstitucional, sin reglas claras de sanción, se convirtió en un filtro inútil que no protege a nadie. La tecnología por sí sola no resuelve la violencia si no hay voluntad de usarla con responsabilidad.
El futbol mexicano necesita más acción concreta. Necesita que los clubes, la liga y las autoridades dejen de comportarse como islas y construyan un sistema de prevención compartido, donde la información fluya, donde se castigue de verdad, y donde el aficionado decente no pague el precio de la negligencia ajena.
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