Opinión

El jugador mexicano está desapareciendo de Europa

Así, los tres nombres que deberían ser bandera del futbol mexicano en Europa atraviesan momentos grises.

El futuro, de seguir así, no es alentador. Crédito: Pixabay
El futuro, de seguir así, no es alentador. Crédito: Pixabay

Hace apenas una década, hablar de mexicanos en Europa era un motivo de orgullo nacional. La imagen de nuestros futbolistas en las principales ligas del mundo era frecuente y esperanzadora. En la temporada 2013-2014, por ejemplo, llegaron a coincidir nueve jugadores tricolores en distintas ligas y torneos europeos, varios de ellos en equipos de renombre. Javier “Chicharito” Hernández marcando goles con el Manchester United, Andrés Guardado consolidándose en Alemania y Holanda, Héctor Moreno siendo un defensa confiable en España, Giovani dos Santos en Inglaterra, Carlos Vela brillando con la Real Sociedad en LaLiga, Guillermo Ochoa dando el salto al fútbol francés, además de Jonathan dos Santos y otros nombres que completaban una generación que, con altibajos, mantenía a México en el mapa de la élite futbolística. Era una época en la que incluso se pensaba que, con un poco más de consistencia, México podía aspirar a algo grande en el plano internacional.

Hoy, el panorama es radicalmente distinto y, sobre todo, decepcionante. De aquellos nueve jugadores consolidados, apenas sobrevive una sombra lejana en la actualidad. A las puertas de una nueva temporada europea, México solo cuenta con dos representantes en condiciones que poco tienen que ver con el protagonismo de antaño. Rodrigo Huescas, lateral surgido de Cruz Azul, fichó por el Copenhague y será el único mexicano con posibilidad real de disputar la UEFA Champions League. Se trata de un joven con futuro, pero que arriba a un club acostumbrado a competir con dignidad en la fase de grupos, no a trascender más allá de esa instancia. Su reto será hacerse un lugar y mostrarse en el escaparate, más allá de que sus posibilidades de brillar sean limitadas por el contexto del equipo.

El otro nombre es Alex Padilla, arquero del Athletic Club de Bilbao. Con apenas 20 años será el segundo portero de una institución histórica de LaLiga, un rol que le coloca a las puertas de minutos oficiales en la liga española y en la Copa del Rey. La portería del Athletic está bien cubierta, pero la posición de segundo arquero le dará roce en el primer equipo y lo mantendrá en la dinámica de élite. Sin embargo, también es una realidad que su presencia en competiciones europeas es nula, pues el club vasco no disputará la Champions League ni la Europa League en este curso. Su caso ilusiona a futuro, pero hoy no llena el vacío de referentes mexicanos en el máximo escaparate.

El contraste entre el presente y el pasado cercano no solo es doloroso, es alarmante, porque evidencia un retroceso estructural en el desarrollo y la proyección del futbolista mexicano. La pregunta es inevitable: ¿cómo pasamos de tener nueve representantes en Europa, algunos en equipos de élite, a contar con apenas un par en condiciones secundarias? La respuesta no puede simplificarse en la falta de talento, porque México lo produce; el verdadero problema está en el sistema que estrangula ese talento antes de que pueda dar el salto definitivo.

Pero más preocupante aún es que incluso los tres referentes que deberían cargar con el peso del futbol mexicano en Europa atraviesan un momento incierto. Santiago Giménez, que parecía consolidado como uno de los delanteros mexicanos más prometedores tras sus goles con el Feyenoord, vivió un traspaso importante al Milan, pero el gigante italiano quedó relegado al octavo puesto de la Serie A y por lo tanto fuera de la Champions League. Para un atacante en ascenso, no disputar el torneo de clubes más importante del mundo significa perder visibilidad, roce y la oportunidad de medirse contra las mejores defensas de Europa. Su carrera no se detiene, pero sí entra en una pausa que podría costarle crecimiento en un momento clave de maduración.

Raúl Jiménez, por su parte, vive el ocaso de su paso por Inglaterra. Después de una brillante etapa en el Wolverhampton, su llegada al Fulham prometía mantenerlo en el escaparate de la Premier League, pero la realidad es que ha ido perdiendo protagonismo en los principales torneos. Las lesiones, la competencia y el desgaste natural lo relegan cada vez más, y su nombre, hoy aparece con menos fuerza en la discusión de los mejores atacantes. El símbolo de perseverancia y superación que representó Jiménez empieza a desvanecerse en un club que difícilmente le permitirá recuperar el brillo perdido.

Edson Álvarez completa el panorama sombrío. El mediocampista, uno de los futbolistas mexicanos más constantes de los últimos años, no fue contemplado por el West Ham para continuar en el proyecto deportivo. Después de llegar como una apuesta de liderazgo y equilibrio en la media cancha, su salida abre un vacío y coloca en incertidumbre su futuro inmediato. Así, los tres nombres que deberían ser bandera del futbol mexicano en Europa atraviesan momentos grises: un goleador que se queda sin Champions, un delantero que pierde protagonismo y un mediocampista que llega a un club que no participa en competencias importantes. Y si los referentes no logran sostenerse en la élite, mucho menos lo harán las nuevas generaciones.

Las fuerzas básicas mexicanas llevan años sin cumplir su papel de formadoras de futbolistas de calidad internacional. Las academias producen jugadores, sí, pero con deficiencias en la técnica individual, en la disciplina táctica y, sobre todo, en la mentalidad competitiva. Se prioriza el físico, el resultado inmediato o la popularidad en selecciones juveniles por encima de un proceso integral que los prepare para competir con los estándares europeos. A esto se suma otro factor determinante: la Liga MX, plagada de extranjeros, limita las oportunidades reales de los jóvenes nacionales. Los técnicos, presionados por resultados, suelen apostar por futbolistas ya probados en lugar de dar minutos a los canteranos. Así, cuando un mexicano finalmente logra consolidarse, lo hace con 23 o 24 años, tarde para los ojos de los buscadores europeos, que prefieren invertir en promesas sudamericanas de 18 o 19 años.

Pero si la formación es un obstáculo, el mercado lo es aún más. El gran pecado del futbol mexicano ha sido inflar los precios de sus jugadores. Los clubes venden caro, muy caro, a sus futbolistas nacionales. Se llegan a pedir cifras de ocho o diez millones de dólares por jugadores que apenas han disputado un par de torneos en primera división. El problema no es solo el precio en sí, sino las condiciones: se pretende cobrar esas cantidades de contado, sin aceptar variables, porcentajes de futuras ventas ni pagos en parcialidades. En contraste, Argentina, Brasil, Uruguay o incluso Colombia entendieron hace tiempo que la manera de exportar talento es justamente lo contrario. River Plate, Boca Juniors, Flamengo, Santos y otros equipos de Sudamérica colocan a sus promesas en Europa a precios más razonables y con esquemas flexibles. Venden porcentajes de las cartas, acuerdan pagos escalonados y establecen cláusulas por rendimiento. Prefieren asegurar la salida del jugador, aunque signifique menos dinero inmediato, porque saben que lo importante es posicionarlo en un mercado donde, si triunfa, la reventa generará ingresos mucho mayores.

México, en cambio, se aferra a una visión de negocio inmediato que termina perjudicando tanto al futbolista como a la selección nacional. Los clubes europeos, ante estas condiciones, simplemente dan la vuelta y optan por alternativas sudamericanas que no solo son más baratas, sino que además han demostrado tener mayor proyección y ambición. Así, mientras Argentina y Brasil exportan campeones del mundo y figuras que brillan en la Premier League, LaLiga, la Serie A o la Ligue 1, México se queda con jugadores que prefieren salarios altos en la Liga MX en lugar de arriesgarse a emigrar con contratos iniciales más modestos.

La consecuencia es clara: la selección mexicana pierde jerarquía, el futbol nacional se estanca y la vitrina internacional se vacía de jugadores tricolores. No es casualidad que hoy la Champions League arranque prácticamente sin mexicanos. La ausencia no es anecdótica, es un síntoma de que el sistema está roto. Las nuevas generaciones carecen de referentes que los inspiren en equipos de élite, y la visibilidad internacional de México en el deporte más popular del mundo se reduce drásticamente.

El futuro, de seguir así, no es alentador. México seguirá siendo un exportador escaso y tardío, con futbolistas que llegan a clubes de segundo orden o a ligas periféricas, sin la exigencia que forja verdaderos cracks. La consecuencia directa será una selección nacional menos competitiva, incapaz de aspirar a algo más allá de su zona geográfica. Mientras tanto, la afición mexicana deberá conformarse con recordar los tiempos en que nueve compatriotas disputaban semana a semana las grandes ligas de Europa. Hoy apenas hay uno con la esperanza de mostrarse en un club Noruego, sin muchas posibilidades en el certamen europeo. Es el reflejo más fiel de que, en lugar de ir hacia arriba, el futbol mexicano lleva años retrocediendo.

Logo Guacamole
Logo Guacamole