El costo de suspender el ascenso y descenso en México
El TAS resolvió que el descenso vuelve a México, pero no será sin órdenes claras y estabilidad financiera.

En 2020, en plena pandemia y con la incertidumbre económica golpeando a todos los clubes, la Federación Mexicana de Futbol tomó una decisión drástica: suspender el ascenso y descenso durante seis temporadas. La medida se justificó como una “pausa necesaria” para estabilizar a los equipos de la nueva Liga de Expansión, evitar quiebras, frenar mudanzas de sede y establecer un sistema de certificación que garantizara que solo proyectos sólidos pudieran aspirar a subir a Primera División. Sobre el papel, parecía una apuesta razonable: contener la crisis y preparar un regreso más ordenado en 2026.
Cinco años después, el balance es muy distinto al discurso original. Es cierto que hubo menos desapariciones de clubes y que se contuvieron algunos riesgos financieros, pero la decisión no transformó el futbol mexicano. La Liga de Expansión se convirtió en un torneo insípido, donde se entregan campeonatos sin el premio mayor. La consecuencia es evidente: menos interés del aficionado, menor atractivo para patrocinadores y un desánimo creciente entre los propios jugadores. Ganar sin posibilidad de ascender vacía de sentido a cualquier liga.
��¡OFICIAL!��
✅ Vuelve el ascenso y el descenso al fútbol mexicano.
▶️ Será en la temporada 2026-2027 cuando esté de vuelta. pic.twitter.com/xXtPUil5c5— Raúl Orvañanos (@RaulOrvananos) September 4, 2025
El argumento de la profesionalización tampoco se cumplió. La pausa no se tradujo en fuerzas básicas más sólidas ni en una mejor generación de talento. La exportación de futbolistas mexicanos a Europa sigue a la baja y la distancia con ligas sudamericanas se amplió, basta ver los resultados el Mundial de Clubes. La estructura de canteras permanece estancada y el puente entre Expansión y Primera nunca se consolidó. En la práctica, lo que se prometía como una solución de largo plazo terminó siendo un congelamiento del sistema.
El 4 de septiembre de 2025 marcó un episodio clave. El Tribunal de Arbitraje Deportivo resolvió la apelación de seis equipos de Expansión que buscaban el regreso inmediato del ascenso para la temporada 2025-26. La respuesta fue tajante: el acuerdo de 2020 es válido y debe cumplirse tal como se planteó, lo que significa que no habrá ascenso este año. De los diez clubes que iniciaron la demanda en mayo, cuatro se retiraron en el camino para no perder ciertos privilegios dentro del torneo. Los seis que llegaron hasta el final fueron Atlético La Paz, Atlético Morelia, Cancún FC, Mineros, Venados y Leones Negros. El TAS rechazó sus argumentos, pero dejó asentado que a partir de 2026-27 el ascenso y descenso deberán reactivarse con un esquema más estricto de certificación.
Este punto es fundamental, y la única esperanza; el regreso no será automático: los clubes que aspiren a subir tendrán que demostrar estabilidad financiera, contar con infraestructura adecuada y cumplir con normas administrativas transparentes. En otras palabras, la cancha ya no se limitará a lo deportivo, sino que se ampliará a la solidez del proyecto.
La pregunta es si valió la pena detener el ascenso y descenso seis años para llegar a esta conclusión. Si el objetivo era frenar quiebras, en parte se consiguió, aunque con un costo enorme en competitividad. La Primera División perdió presión: sin el descenso, varios equipos se instalaron cómodamente en la mediocridad sin consecuencias deportivas. La Expansión perdió atractivo: competir sin la posibilidad de subir diluye la pasión y genera un torneo que vive en una burbuja. El futbol mexicano, en su conjunto, se volvió más plano.
El gran error no fue tanto la pausa en sí misma, sino la falta de transparencia durante el proceso. La Federación nunca presentó una hoja de ruta clara ni indicadores públicos para evaluar avances. No hubo comunicación sobre los plazos, ni claridad en los criterios de certificación. Esa opacidad alimentó la sospecha de que la liga quería cerrar de manera definitiva el sistema de ascenso y descenso, como ocurre en la MLS. La apelación de los clubes al TAS fue, en buena medida, consecuencia de esa incertidumbre y desconfianza.
El fallo de septiembre obliga ahora a la dirigencia a definirse. Ya no hay margen para improvisar. El regreso del ascenso en 2026 debe construirse sobre reglas claras, verificables y con auditorías externas. Los clubes necesitan saber qué requisitos cumplir, quien los evaluará y en qué tiempos. Sin un proceso transparente, el sistema corre el riesgo de convertirse en un mecanismo discrecional que se aplique a conveniencia.
El futbol mexicano necesita recuperar movilidad. El descenso es un castigo natural para la mediocridad en la élite, y el ascenso es la recompensa para los proyectos bien armados desde abajo. Quitar esa dinámica debilita a ambas ligas y afecta al espectáculo. La pausa de seis años no fortaleció la pirámide: apenas contuvo incendios. Ahora, la Federación tiene la última oportunidad de corregir el rumbo.
El TAS cerró la puerta a un regreso inmediato, pero puso un límite claro: en 2026 el sistema debe reactivarse. La exigencia es mayor que nunca y el tiempo se acaba. Si el ascenso y descenso vuelven con reglas serias y proyectos certificados, podrá decirse que la pausa sirvió de algo. Pero si regresamos al mismo esquema frágil de antes, se habrá desperdiciado una década en el futbol mexicano.
Más Leídas

















