Opinión

Selección Nacional, juventud que alza la mano

¿Es Islandia el parámetro ideal? No. Pero tampoco se trata de desestimar lo positivo. México cumplió, dominó, anotó cuatro goles y no recibió ninguno. 

México no salió a especular. Tomó la pelota y quiso imponer condiciones. Crédito: Cuartoscuro.
México no salió a especular. Tomó la pelota y quiso imponer condiciones. Crédito: Cuartoscuro.

La Selección Mexicana necesitaba una noche convincente. No necesariamente espectacular, pero sí sólida. El 4-0 frente a Islandia en Querétaro no define el rumbo de la Selección Nacional, pero sí ofrece señales claras de hacia dónde quiere caminar este proceso rumbo al Mundial de 2026. Y dentro de esas señales hay una que destaca por encima del marcador: la irrupción o consolidación de una base joven, con fuerte presencia de futbolistas formados en Chivas, que le dieron dinámica, energía y sentido colectivo al equipo.

Más de la mitad de los titulares mexicanos provienen de Guadalajara. No es casualidad. Chivas ha apostado por futbolistas jóvenes, intensos, de piernas ligeras y presión alta. Esa identidad se trasladó al Tri. Desde el inicio se vio un equipo con intención de recuperar rápido, de atacar por fuera y de no hacer pausas innecesarias. Hubo movilidad constante en mediocampo y desdobles por los costados que obligaron a Islandia a retroceder.

México no salió a especular. Tomó la pelota y quiso imponer condiciones. No fue un dominio asfixiante, pero sí sostenido. La diferencia estuvo en la actitud para ir al frente. Richard Ledezma abrió el marcador en un momento que cambió el tono del partido. Su gol no solo puso ventaja, liberó al equipo. México dejó de jugar con ansiedad y empezó a jugar con confianza.

Armando “Hormiga” González amplió la ventaja poco después, confirmando que no está en la selección solo para completar convocatorias. Es un delantero que entiende espacios, que no espera el balón. Su movilidad fue clave para desordenar la línea defensiva islandesa. Y más adelante, Brian Gutiérrez cerró la cuenta con un gol que premió su insistencia durante todo el encuentro.

Pero más allá de los nombres propios, lo relevante fue la coherencia del equipo. Hubo conexión entre líneas, hubo intención colectiva. No fue un partido de individualidades aisladas, fue un funcionamiento colectivo que encontró recompensa en el marcador.

Y en medio de esa juventud apareció la experiencia. Jesús Gallardo anotó y recordó por qué sigue siendo considerado pieza importante. Apunta a disputar su tercer Mundial y, guste o no, representa ese equilibrio necesario entre frescura y experiencia comprobable. En procesos mundialistas no todo puede recaer en entusiasmo; se necesita temple.

Si algo empieza a perfilarse en el equipo como certeza, es la portería. Ayer fue turno de Raúl “Tala” Rangel y respondió de muy buena manera. Islandia generó aproximaciones, algunas producto de errores de fildeo y desatenciones defensivas que no deben minimizarse. México pudo haber comenzado perdiendo si no fuera por intervenciones oportunas de Rangel. Reflejos, lectura de juego y seguridad en balones divididos. Lo mismo ha sucedido cuando ha jugado Luis Ángel Malagón. Hoy la sensación es que, sin importar quién sea el titular, el arco transmite confianza. Y eso, después de dudas en esa posición, es una ventaja competitiva real. La portería parece la zona más estable del equipo.

En defensa, sin embargo, hay detalles que requieren trabajo. México mostró por momentos fragilidad en transiciones defensivas. Cuando perdió la pelota en salida, le costó reacomodarse. Islandia no fue un rival de máxima exigencia y aun así generó opciones claras. Ante selecciones de mayor jerarquía, esos descuidos pueden ser determinantes.

El mediocampo tuvo dinámica, pero todavía necesita mayor control en lapsos donde el partido pide pausa. La intensidad juvenil es virtud, pero también puede convertirse en precipitación si no se administra. El proceso deberá encontrar el equilibrio entre velocidad y manejo del ritmo.

Lo que sí dejó la noche en Querétaro fue competencia interna. Nadie parece tener el lugar asegurado. Los jóvenes de Chivas jugaron con la sensación de que cada minuto cuenta. Y eso eleva el nivel colectivo. Cuando los futbolistas compiten por un lugar real y no simbólico, el rendimiento crece.

¿Es Islandia el parámetro ideal? No. Pero tampoco se trata de desestimar lo positivo. México cumplió, dominó, anotó cuatro goles y no recibió ninguno. En un entorno que venía cargado de críticas, eso importa. Las selecciones viven de estados de ánimo tanto como de funcionamiento. Ganar construye confianza, y hacerlo con jóvenes que responden fortalece el mensaje del cuerpo técnico. El proyecto empieza a mostrar identidad: presión tras pérdida, amplitud por bandas, delanteros móviles y laterales con proyección. Falta consistencia, falta probarlo ante rivales que presionen alto y que exijan durante noventa minutos. Pero al menos hay una base reconocible.

Y hay algo más relevante: estos jóvenes ya no parecen apuestas lejanas, sino opciones reales para el Mundial. El tiempo se acorta. No queda espacio para procesos eternos. Quien responda, probablemente estará en la lista definitiva.

La victoria tranquiliza, pero no adormece. No debería. Porque el verdadero examen vendrá cuando México enfrente selecciones que no retrocedan, que no cedan la iniciativa y que obliguen a sostener concentración máxima. Ahí sabremos si lo de anoche fue crecimiento real o solo una buena actuación circunstancial.

Por ahora, el balance es positivo. La portería transmite seguridad. La base joven ilusiona. La competencia interna eleva el estándar. Y el equipo mostró algo que a veces había faltado: convicción.

El 4-0 no define el camino, pero sí señala una dirección. México parece haber entendido que el Mundial no se construye con nombres históricos, sino con rendimiento actual. Y anoche, en Querétaro, hubo rendimiento. El reto es que no sea una excepción, sino el inicio de una tendencia. Porque en el fútbol de selecciones, las victorias tranquilizan, pero la continuidad es la que legitima.

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