Opinión

La Selección Mexicana y el espejismo de la mejoría

La Selección Mexicana mantiene su falta de gol a siete meses del Mundial 2026; le pesa fabricar jugadas desde cero. 

Hoy la Selección Mexicana no tiene la capacidad para cumplir las expectativas de la afición.
Hoy la Selección Mexicana no tiene la capacidad para cumplir las expectativas de la afición.

El partido entre México y Uruguay en Torreón dejó más dudas que certezas y confirmó, una vez más, que la Selección Mexicana sigue sin encontrar una identidad clara. Desde los primeros minutos el duelo tomó un rumbo inesperado: Javier Aguirre, un técnico que rara vez modifica su estructura sobre la marcha, se vio obligado a ajustar el sistema tras la lesión temprana de Hirving Lozano. Un contratiempo que desordenó los planes iniciales y que puso a prueba la flexibilidad de un plantel que ya venía tocado por ausencias y con pocas alternativas consolidadas.

La salida de Lozano no solo significó perder a uno de los futbolistas con desequilibrio real, también obligó a que Aguirre moviera sus piezas con una urgencia que nunca le ha sido cómoda. Gilberto Mora, llamado para suplir al Chucky, entró para ocupar una zona que exige velocidad, lectura y agresividad ofensiva; sin embargo, su ingreso modificó el dibujo en la cancha y obligó al resto del equipo a reacomodarse con funciones menos fluidas. México perdió amplitud, perdió profundidad y perdió esa chispa que Lozano suele aportar incluso cuando está lejos de su mejor versión. Lo que debía ser una oportunidad para ver variantes terminó siendo un recordatorio de lo limitado que es el abanico táctico cuando faltan los nombres de siempre.

El partido fue duro, a ratos ríspido y por momentos tenso. Hubo más conatos de bronca que jugadas claras y más reclamos que conexiones ofensivas. Se perdonaron un par de expulsiones que pudieron haber cambiado el rumbo del encuentro, especialmente la de Nahitán Nández sobre Mora, una entrada exedida que el árbitro castigó únicamente con amarilla. Uruguay, fiel a su estilo, compitió con intensidad aunque sin desbordarse; México respondió con voluntad, pero sin claridad. Era el tipo de partido que prometía más futbol y terminó ofreciendo una versión deslucida de ambos lados.

Y si el espectáculo fue pobre, los números lo explican mejor: cinco tiros a puerta entre los dos equipos. Un partido con esa producción ofensiva difícilmente puede calificarse como atractivo. El público, que llena estadios, compra boletos y mantiene viva la industria, está en todo su derecho de exigir más. Lo que no corresponde es que desde la cancha llegue el reproche de que por esas críticas “se los llevan a jugar a Estados Unidos”. La afición mexicana está cansada, necesitada de un equipo que responda a las expectativas o que, de una vez por todas, el entorno deje de inflarlas a niveles irreales. Hoy la Selección no tiene la capacidad para cumplirlas, y ese choque entre exigencia y realidad mantiene viva una frustración que se arrastra desde hace años.

De Uruguay se esperaba más. Aunque no llegó completo, su estructura suele ser suficiente para imponer ritmo, control y presión. Ninguna de esas virtudes apareció con regularidad en Torreón. Fue un equipo contenido, demasiado administrado, lejos de ese perfil agresivo que lo ha caracterizado incluso en noches sin sus figuras europeas. Su tibieza terminó contagiando el tono general del encuentro y dejó la sensación de que ninguno de los dos seleccionados quiso arriesgar más de la cuenta.

Lo de México, sin embargo, preocupa más. Es cierto que el equipo mejoró en defensa, aunque también es verdad que Uruguay nunca exigió demasiado; la línea de fondo se mostró menos errática que en partidos previos, mantuvo cierto orden en el retroceso y evitó los errores que suelen costar goles en amistosos de este tipo. Pero esa mejora defensiva no alcanza para compensar el problema principal: la incapacidad para generar juego ofensivo consistente. México sufre para enlazar tres pases con intención, le cuesta romper líneas y le pesa cada vez que tiene que fabricar una jugada desde cero. No hay conexión entre el mediocampo y el ataque, y cuando llega, llega sin convicción, sin sorpresa y sin contundencia.

La falta de gol no es una novedad, pero cada partido sin producción ofensiva la hace más evidente. No hay un delantero que asuma el rol de referencia, no hay extremos que desborden con constancia y no hay un mediocampo que ordene y acelere cuando se necesita. México genera poco, y cuando finalmente consigue acercarse al área rival, no termina las jugadas. Le falta volumen, le falta imaginación y, sobre todo, le falta pegada. Es un equipo que trabaja mucho para fabricar muy poco.

El encuentro en Torreón deja un sabor a trámite, una sensación de que se jugó más por obligación que por convicción. Uruguay vino sin su arsenal completo y se notó; México, con la urgencia de encontrar respuestas a contrarreloj rumbo al próximo verano, volvió a mostrar que está lejos de competir con solvencia ante equipos que, incluso en versión limitada, imponen más idea y estructura.

Si este partido debía servir para medir avances, el resultado es claro: México sigue en una etapa donde ajusta por urgencia, no por evolución; donde incorpora jugadores por necesidad, no por madurez; y donde cada ausencia destapa una nueva carencia. Uruguay no exigió como se esperaba, México no respondió como debía y el partido, más que dejar certezas, volvió a exponer que el gol, la creatividad y la confianza son problemas que aún no encuentran solución.

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