La Liguilla partida por la Selección Nacional
FIFA marca que los clubes deben liberar jugadores a partir del 25 de mayo y que la lista final se entrega el 1 de junio; México decidió adelantarse casi tres semanas para los jugadores del medio local.

La lista de Javier Aguirre dio inicio formal a la recta final rumbo al Mundial; pero también desordena, de manera profunda, la competencia interna del fútbol mexicano. México llamó a 12 jugadores de Liga MX considerados para la lista final y a ocho elementos más para completar trabajo, con concentración desde el 6 de mayo, antes de los amistosos ante Ghana, Australia y Serbia.
El problema no está en que la Selección quiera trabajar. Sería absurdo criticar que un país anfitrión busque llegar mejor preparado a su Copa del Mundo. El problema está en el costo competitivo que esa decisión le impone a la Liguilla, precisamente al momento más importante del torneo. Chivas pierde a Raúl Rangel, Luis Romo, Brian Gutiérrez, Roberto Alvarado y Armando González; Toluca a Jesús Gallardo y Alexis Vega; Cruz Azul a Erik Lira; América a Israel Reyes; Pumas a Guillermo Martínez. No son bajas menores ni futbolistas periféricos. Son piezas de estructura, de jerarquía, de ritmo y, en varios casos, de identidad futbolística.
La medida rompe el principio básico de una fase final: que los mejores equipos definan el campeonato con sus mejores argumentos. Chivas, que durante buena parte del torneo sostuvo aspiraciones de líder, llega a la Liguilla disminuido en zonas clave. Pierde portero, pierde mediocampo, pierde desequilibrio y pierde gol. El beneficiado directo es Tigres, que aun con un torneo irregular encuentra una serie mucho más accesible de lo que habría sido ante un Guadalajara completo. Pumas también pierde a un delantero importante, pero su merma no parece tan estructural como la del Rebaño. América y Cruz Azul, con una baja cada uno, resienten menos el golpe.
Toluca, en cambio, pierde experiencia, banda izquierda y peso ofensivo. La Liguilla queda así convertida en una competencia alterada: unos pagan el precio de tener seleccionados; otros reciben, sin haberlo ganado en la cancha, una ventaja competitiva.
La pregunta de fondo es si había otra manera de hacerlo. FIFA marca que los clubes deben liberar jugadores a partir del 25 de mayo y que la lista final se entrega el 1 de junio; México decidió adelantarse casi tres semanas para los jugadores del medio local. Ahí nace la discusión. Una concentración larga puede tener sentido para consolidar la idea futbolística, recuperar futbolistas, trabajar detalles físicos y reforzar la convivencia. Pero también puede convertirse en una medida exagerada si se sacrifica la competencia interna sin garantía real de beneficio. La mayoría de selecciones mundialistas no concentra con tanta anticipación a todos sus futbolistas porque sus ligas siguen en curso, porque las temporadas europeas todavía cierran y porque los reglamentos internacionales no obligan a entregar jugadores tan pronto.
México, por ser anfitrión y por tener una liga bajo control federativo y de propietarios locales, pudo construir una excepción. Pero una excepción no siempre es sinónimo de inteligencia competitiva. El acuerdo puede explicarse desde la urgencia de llegar mejor al Mundial, pero también exhibe una vieja contradicción: se exige que la Liga MX sea fuerte, vendible y seria, mientras se le quita integridad deportiva en su momento decisivo. La Selección gana tiempo; el torneo pierde legitimidad. Y cuando un campeonato se define con planteles recortados por una decisión administrativa, el campeón que salga de ahí tendrá mérito, por supuesto, pero también cargará con el detalle de haber competido en una Liguilla condicionada.
La coherencia de la convocatoria, además, es relativa. Si los 12 llamados de Liga MX están verdaderamente considerados para la lista final, el sacrificio tiene una lógica deportiva. Lo discutible es haber llevado también a jugadores de apoyo cuando el torneo todavía vive su etapa más sensible, aunque varios provengan de clubes eliminados. La Selección necesita entrenar once contra once, pero el fútbol mexicano también necesita proteger su producto. No se puede vender la Liguilla como la gran fiesta y al mismo tiempo aceptarla incompleta por diseño. La decisión revela que, en México, la Selección sigue estando por encima de todo, incluso por encima de la competencia que alimenta a esa misma Selección.
Al final, Aguirre gana días, pero la Liga pierde equilibrio. Y esa es la crítica central: no se discute la importancia del Mundial, se discute la forma. Preparar mejor al equipo nacional es una obligación; desnaturalizar la Liguilla, una elección.
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