El Clausura 2026 no espera a nadie; el calendario se aprieta y América sigue sin gol
El América no ha anotado en 3 partidos, algo que no se veía desde 1970 mientras Chivas es el mejor club del torneo.

Tres jornadas del Clausura 2026 han sido suficientes para encender todas las alertas en América. No se trata solo de no ganar o de no convencer: el equipo no ha marcado un solo gol, algo que no ocurría desde 1970. Más de medio siglo después, el dato deja de ser anecdótico para convertirse en diagnóstico.
Las cifras son demoledoras. En tres partidos, América acumula apenas cinco remates directos al arco, ni siquiera dos por encuentro. Es un número impropio para cualquier equipo que aspire a competir, y francamente alarmante para uno que se construye, al menos en el discurso, para dominar. El problema no es la falta de puntería: el problema es que el balón casi no llega al área rival en condiciones reales de peligro.
El último tercio del campo se ha convertido en un territorio estéril. América circula el balón sin profundidad, ataca sin sorpresa y finaliza sin convicción. No hay desmarques coordinados, no hay rupturas que estiren defensas y, sobre todo, no hay continuidad entre mediocampo y ataque. El equipo llega a zonas avanzadas como quien cumple un trámite, no como quien entiende que ahí se deciden los partidos.
El empate sin goles ante Pachuca en la capital hidalguense fue un reflejo perfecto de esta crisis. El partido fue decepcionante por donde se le mire: dos equipos más preocupados por no equivocarse que por lastimar. Pachuca, inmerso en ajustes tácticos constantes, línea de cinco para defender, regreso a línea de cuatro según el rival, al menos mostró una intención clara de búsqueda. América, en cambio, pareció resignado a un ataque previsible, lento y sin colmillo.
Resulta difícil sostener decisiones que no cuadran con la realidad del campo. Brian Rodríguez, sin ser solución total, es hoy el único futbolista que intenta romper el molde, pedir la pelota y provocar algo distinto. En Pachuca fue el que más lo intentó, aún sin éxito. Que empiece partidos desde la banca en un equipo con estos números ofensivos no es solo una decisión técnica discutible: es una contradicción futbolística.
Mientras tanto, el contraste es brutal. Chivas vive el otro extremo del inicio de torneo. Tres triunfos consecutivos y liderato general no por casualidad, sino por continuidad. El equipo asimila bien la propuesta de Javier Milito: dinámica, ritmo alto y claridad en las funciones. Guadalajara golpea cuando debe hacerlo y sabe replegarse sin perder orden. La base joven le permite sostener la intensidad desde atrás hacia adelante, y aunque es cierto que no ha enfrentado a los rivales más exigentes, el funcionamiento no depende del rival, sino de una idea reconocible.
El choque prematuro entre Tigres y Toluca, finalistas del torneo pasado, respondió a su propia lógica. Partido trabado, mediocampo congestionado y pocas llegadas claras. Nada extraordinario para dos equipos que vienen de un semestre largo y con poco margen de preparación. Lo relevante es que, aun sin brillo, ambos conservan formas claras, algo que suele rendir frutos conforme avanza el torneo.
Monterrey no tuvo piedad de Mazatlán, un equipo que transmite una sensación inquietante: juega como quien sabe que su proyecto está de salida. La goleada fue contundente, pero también reveladora de un rival desangelado, sin energía y con un futuro ya decidido: su desaparición como equipo de Primera División.
En Ciudad Universitaria, Pumas sigue sin regalarle triunfos a su gente. No pierde, pero tampoco convence. Otra vez Keylor Navas fue la gran figura evitando una derrota mayor ante León, que terminó con siete remates directos al arco, por solo dos del conjunto auriazul. La defensa auriazul hace agua, y sin el arquero costarricense el marcador habría sido mucho más severo.
El caso de Cruz Azul abre otro frente de discusión. Más allá del resultado raquítico contr Puebla, la sobreexplotación del Estadio Cuauhtémoc empieza a ser un riesgo real. Tres partidos varoniles en menos de una semana, más actividad de Liga Femenil, y una cancha que ya mostró consecuencias graves: la lesión de Fautine Robert con Toluca Femenil es una advertencia que no debería ignorarse.
El apretón del calendario no es un accidente ni una mala coincidencia. Responde, en buena medida, a la necesidad de abrir espacio a los compromisos de la Selección Nacional de México, que esta semana visitará Panamá y Bolivia en una gira que, conviene subrayarlo, no corresponde a una Fecha FIFA oficial. Ese detalle cambia por completo la lectura del ejercicio.
La convocatoria incluye ocho jugadores de Chivas, un número significativo que, más que hablar de un momento coyuntural del Guadalajara, parece responder a una intención de laboratorio. Ver a tantos futbolistas rojiblancos con la camiseta nacional no es necesariamente un premio al rendimiento inmediato, sino un adelanto de procesos, una exploración de perfiles que, en condiciones normales, difícilmente serían llamados en una ventana oficial.
Ahí está el matiz que incomoda. Estos partidos sirven más como ensayo extendido que como competencia real. Se prueban nombres, se observan comportamientos, se mide carácter y adaptación, pero no bajo las mismas exigencias ni contra los mismos contextos que impone una Fecha FIFA. Adelantarse a los tiempos tiene valor metodológico, sí, pero también genera distorsiones: se sobrecarga el calendario local y se expone a futbolistas que no estaban contemplados para ese desgaste.
El mensaje es claro: el proceso post-Mundial 2026 ya empezó a ocupar espacio, incluso a costa del torneo. La Liga MX vuelve a ser terreno de ajuste, de concesiones, de parches. No es nuevo, pero sí cada vez más evidente. La pregunta no es si estos partidos sirven o no. La pregunta es a quién sirven más: al proyecto nacional de largo plazo o a un calendario que, una vez más, se dobla sin demasiada resistencia. Porque cuando el torneo se aprieta tanto para dar cabida a ensayos no oficiales, el riesgo es que la competencia doméstica deje de ser prioridad y se convierta, otra vez, en daño colateral.
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