El Azteca volvió, México sigue sin convencer
El Tri de Javier Aguirre compitió, pero no ilusiona de cara a la tercera Copa del Mundo en casa.

El regreso del Estadio Azteca, hoy renovado, rebautizado y presentado como la joya mexicana rumbo al Mundial de 2026, debía sentirse como una celebración. Tenía que ser una noche de ilusión, de reencuentro con la historia y, sobre todo, de confirmación de que la Ciudad de México está lista para volver a ser el centro del fútbol mundial. Pero la realidad terminó por imponerse desde mucho antes del silbatazo inicial. La deficiente logística de acceso al inmueble, los problemas de movilidad, las quejas por la visibilidad en algunas zonas y el ambiente de frustración en los alrededores le quitaron brillo a un evento que se vendió como el banderazo de salida de la fiesta mundialista. El encuentro sirvió más como prueba operativa que como escaparate futbolístico.
Y si en la experiencia del aficionado la noche quedó a deber, en la cancha el guion no fue muy distinto. El 0-0 entre México y Portugal fue un partido espeso, intermitente, con pocos momentos de verdadera tensión futbolística. Un empate sin goles que, si bien puede venderse como un resultado digno ante una potencia europea, dejó una sensación de vacío. No fue la reinauguración soñada del Azteca ni el mensaje de reconciliación que la Selección Mexicana necesitaba mandar a menos de tres meses del Mundial.
Portugal, además, llegó bajo circunstancias particulares. Aterrizó en la Ciudad de México apenas horas antes del encuentro, una decisión que desde hace años han tomado varios rivales del Tri para intentar esquivar, al menos parcialmente, el desgaste que supone la altitud. Más que adaptarse, el plan suele ser competir casi bajando del avión, apostando a la calidad técnica por encima de la aclimatación. Eso se notó en varios lapsos del partido: por momentos el cuadro portugués lució desconectado, con errores en controles sencillos y con una falta de sincronía poco habitual en un equipo de su jerarquía. Aun así, tuvo las llegadas más claras, incluyendo un disparo al poste de Gonçalo Ramos y otra acción en la que João Félix estuvo cerca de abrir el marcador.
Ese dato no es menor, porque incluso en una noche donde Portugal parecía lejos de su mejor versión, México no logró capitalizar la ventaja contextual. La ausencia de Cristiano Ronaldo, que era el gran imán comercial del evento, le quitó parte importante del morbo y de la expectativa. La afición compró la idea de una noche de gala, con una figura global en el césped, y terminó encontrándose con un amistoso áspero, más cercano a un partido de preparación cerrado que a una auténtica fiesta internacional. Esa decepción se sintió en las tribunas, donde los reclamos al equipo mexicano fueron creciendo conforme avanzaban los minutos.
Desde lo táctico, el partido dejó lecturas interesantes, aunque no necesariamente alentadoras. Javier Aguirre mandó al campo un esquema que en el papel sugería una propuesta más agresiva: extremos abiertos, amplitud por bandas y la intención de sostener a un delantero de referencia. Sin embargo, la ejecución fue otra. Muy pronto, los extremos retrocedieron varios metros para formar una línea de cinco mediocampistas, congestionando la zona central y dejando aislada la punta. El equipo se partió en dos momentos muy claros: una línea media excesivamente poblada y un ataque que rara vez encontró superioridades.
Ese repliegue, en cierta forma, era comprensible. Del otro lado estaban algunos de los mejores laterales del fútbol internacional, jugadores capaces de proyectarse con agresividad y de ganar duelos en campo abierto. México optó por protegerse, cerrando espacios interiores y obligando a Portugal a circular por fuera. El problema es que esa decisión táctica terminó enviando un mensaje claro: el equipo mexicano salió primero a no perder.
En defensa, el equipo mostró orden. La línea baja respondió con sobriedad, cerró bien por dentro y, salvo las dos acciones más peligrosas de Portugal, no sufrió de manera constante. Hubo disciplina táctica, coberturas oportunas y una intención clara de evitar duelos largos en transición. Esa parte debe reconocerse. El Tri fue serio sin balón.
El problema estuvo con la pelota en los pies. La circulación fue lenta, predecible y sin cambios de ritmo. Hubo poca capacidad para romper líneas, escasa imaginación entre mediocampo y ataque, y una preocupante falta de agresividad en el último tercio. México tuvo posesiones largas, sí, pero muchas fueron estériles, horizontales, sin profundidad real. Cuando el balón llegó a zonas de desequilibrio, casi siempre faltó la decisión para encarar o acelerar.
Ahí es donde aparece la crítica más severa. Más allá del sistema, varios futbolistas dieron la impresión de jugar desde la comodidad, no desde la urgencia competitiva que debería rodear a una convocatoria mundialista. A estas alturas del proceso, cada minuto tendría que sentirse como una prueba, como una batalla por ganarse un lugar en la lista final. Sin embargo, en varios nombres se percibió una actitud plana, casi administrativa.
Ese es quizá el mensaje más inquietante que deja la noche del Azteca: hubo jugadores que parecieron sentirse seguros de su lugar, y otros que transmitieron una resignación silenciosa, como si ya asumieran que no estarán en el Mundial. Ambas posturas son peligrosas. La primera, porque relaja la competencia interna y baja la intensidad del grupo. La segunda, porque contamina el rendimiento colectivo con futbolistas que compiten sin convicción plena. Y en una Copa del Mundo, donde cada detalle define partidos, no hay espacio para ningún extremo.
México no perdió, sí. Compitió, también. Pero no ilusionó. Y eso, en la reinauguración del estadio más emblemático del país, pesa más que el marcador. El Azteca volvió, pero el regreso no tuvo la grandeza que prometía. El inmueble está listo para albergar otra página histórica; la Selección, en cambio, todavía deja demasiadas dudas.
Porque si algunos futbolistas ya juegan como si su boleto estuviera asegurado, y otros lo hacen como si supieran que no llegarán a junio, entonces el verdadero problema no está en el sistema táctico ni en el rival, sino en el nivel de hambre competitiva de un grupo que debería estar peleando cada balón como si en él se definiera su lugar en el Mundial. Esa, más que el 0-0, es la alarma que realmente deja encendida esta noche en el Azteca.
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