Opinión

Del Tri al Play In, la falta de planeación como sello distintivo

México no consigue resultados porque no sostiene procesos. Cada mejora es tratada como un punto final y no como un punto de partida. 

La derrota ante Paraguay no es un accidenta, es una consecuencia.
La derrota ante Paraguay no es un accidenta, es una consecuencia.

La derrota frente a Paraguay no sorprendió a nadie que haya visto a la Selección Mexicana repetir el mismo ciclo en los últimos meses: ilusión pasajera, ligera mejoría, decisiones improvisadas y un golpe de realidad que vuelve a poner todo en perspectiva. México perdió 2-1 el martes, pero el marcador no explica el malestar. El problema es más profundo, y no es nuevo: un equipo que no consolida ideas, que improvisa sobre la marcha y que entra a la cancha con más dudas que certezas.

Se había dicho, después del empate ante Uruguay, que al menos la defensa había encontrado una base. Pero Javier Aguirre decidió moverle. Cambió piezas, modificó perfiles y deshizo contra Paraguay un progreso que, para una selección en crisis, era oro puro. ¿Para qué? ¿Para ‘seguir buscando el once ideal’? ¿Para ver “qué pasa”? En el fútbol de selección, cada experimento cuesta caro, y este costó desorden, desubicación constante y la vulnerabilidad que permitió que Paraguay encontrara espacios que en teoría ya habían sido corregidos.

Pero la raíz del problema no está en un ajuste táctico; está en un hábito. México no consigue resultados porque no sostiene procesos. Cada mejora es tratada como punto final y no como punto de partida. Cada pequeño avance se interpreta como permiso para cambiar, en lugar de consolidar. El Tri vive atrapado entre su autopercepción, la de un equipo que debería competir con cualquiera, y su realidad: la de un conjunto que no tiene una idea clara de juego, que no domina su estilo y que no ha logrado comprometerse con una línea de crecimiento sostenido.

Ofensivamente, el panorama es todavía más preocupante. No hay claridad en el último tercio, no hay profundidad ni imaginación. Es un equipo que toca la pelota sin convicción y sin sorpresa, que llega a zonas de peligro como quien rellena un guion, no como quien se reconoce capaz de desequilibrar. México carece del tipo de futbolista que rompa el molde o del sistema que los potencie. Resulta dificil de asimilar que cada ataque dependa de la inspiración individual del día. Esa es la realidad: no existe un mecanismo, un automatismo, una intención colectiva. Sólo destellos.

Y mientras el fútbol del equipo se diluye, Aguirre intenta explicar lo inexplicable. Su frase tras el partido, “hay jugadores que pueden y quieren, y otros que quieren y no pueden”, pretende ser una reflexión honesta, pero termina siendo un misil mal dirigido. Él convoca a jugadores; él decide quién está y quién no, determina los roles, los liderazgos y la estructura. La responsabilidad de sus capacidades, y de su funcionamiento, recae precisamente en quien los elige.

Es un discurso que suena a deslinde. Y eso es parte del contexto que explica por qué la selección no logra resultados: falta autocrítica real. Todo se maquilla, todo se suaviza, todo es atribuible a algo más. Hoy son los jugadores. Antes fue la presión. O las lesiones. O la “mala fortuna”. Eludir responsabilidades se ha vuelto común.

En medio del caos, apareció otra vez una figura que ha cargado con críticas y que volvió a ser determinante: Luis Ángel Malagón. El arquero tuvo un par de atajadas que evitaron que la noche fuera francamente escandalosa. La portería es quizá la posición más ingrata del fútbol: criticada cuando falla, ignorada cuando salva. Pero sin él, Paraguay habría firmado una goleada que hoy nadie tendría fuerzas para justificar.

Y mientras la selección tropieza con su sexto juego sin conocer la victoria, el fútbol mexicano regresará este jueves al Play-In con dos duelos que también reflejan la inestabilidad del entorno: Pachuca vs Pumas y Tijuana vs Juárez. En Pachuca, el cambio de Jaime Lozano por Esteban Solari llegó a contrarreloj, pero al menos la Fecha FIFA le dio espacio para trabajar, reorganizar y ver de cerca a sus jugadores. Pumas, en cambio, entregó varios jugadores a sus respectivas selecciones, y esa ausencia no le permitió preparar el duelo con la misma calma. Dos realidades opuestas, consecuencia directa del calendario, de la estructura y de la dinámica entre clubes y selección.

Y ahí aparece otro punto clave del contexto mexicano: la desconexión entre procesos. Lo que debería ser coordinación se ha vuelto un forcejeo silencioso. Los clubes ceden jugadores sin estabilidad en la selección, y la selección recibe futbolistas que llegan cansados, exigidos y con ritmos distintos. No es casualidad que los equipos sufran tras cada Fecha FIFA. El fútbol mexicano vive en parches, no en planes.

La derrota ante Paraguay no es un accidente. Es una consecuencia. Una más en una larga lista. Mientras en el Tri no se entienda que la estabilidad es un valor, que la repetición es un método y que la autocrítica es una obligación, seguirá oscilando entre pequeños alivios y grandes decepciones. Y cada nueva Fecha FIFA será jugada sin progreso, sin identidad y con un Mundial a la vuelta de la esquina.

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