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Crónica de unas vacaciones en Vallarta: balazos y tragos tras la muerte del 'Mencho'

No habíamos visto el celular y solo una persona del hotel alcanzó a decirnos: "tenemos una situación".

Pensamos que un hotel se había quemado y seguimos caminando por la orilla pensando que era un domingo normal. Crédito: Cuartoscuro.
Pensamos que un hotel se había quemado y seguimos caminando por la orilla pensando que era un domingo normal. Crédito: Cuartoscuro.

"¿Qué se quemó allá?", me preguntó mi hermana. Eran las 7 de la mañana en Puerto Vallarta. Pensamos que un hotel se había quemado y seguimos caminando por la orilla pensando que era un domingo normal con un incidente. No sabíamos que habían matado al 'Mencho'.

Nuestra caminata duró una hora más. Volvimos al hotel, fuimos a desayunar y al filo de las 10 nos cerraron el acceso al mar. No habíamos visto el celular y solo una persona del hotel alcanzó a decirnos: "tenemos una situación". No entendimos a la primera a qué se refería hasta que un señor nos dijo: "es el narco, ¿quieren un balazo en la playa?".

Con miedo reímos un poco y regresamos a la alberca. Nos quedamos hasta el medio día en que debíamos salir del hotel. Antes de llegar a recepción, la fila de la gente nos hacía dudar de la magnitud del problema. Nadie podía salir.

En la alberca la música trataba de ahogar los murmullos de los que se preguntaban qué estaba pasando. En el cielo, el sol dejó de calentar como lo haría en la playa. Era tanto el humo de carros incendiados por el narco que parecía un día nublado.

Pasadas las 12:00 de la tarde, las aerolíneas comenzaron a avisar que los vuelos estaban cancelados. Nosotros volvíamos a CDMX por Mexicana. Primero aseguraron que no habría vuelo ese día, y que sólo podían cambiarlo al lunes o hasta el viernes. Luego indicaron que el avión sí saldría, pero, ¿quién nos iba a llevar al aeropuerto?

Con las calles vacías, sin carrros, pero llenas de miedo, caminar no era una opción. Tampoco había taxis, servicio de aplicación, nada. Quienes ya volábamos quisimos quedarnos un día más, al menos. Mexicana accedió a modificar el vuelo sin cargos. Ahora faltaba el hotel.

Con decenas de personas en el lobby, los 3 trabajadores en el mostrador apenas se daban abasto. “Regresan al ratito, sí tendrán cuarto, pero no los podemos atender”, me dijeron. Con un poco más de seguridad, caminaba con mi hermana y mi novia de regreso cuando oímos balazos.

"Métete al baño", grité. Mi hermana, mi novia y un puñado de desconocidos nos agachamos mientras oíamos el tiroteo. Nunca supimos qué tan lejos o cerca quedamos de las balas. Tampoco sabemos cuánto tiempo pasó hasta el silencio se apoderó de nuestros oídos.

Con el cese al fuego nos asomamos por una pequeña ventana y no había nadie, se habían ido los balazos, los malos, los buenos. Johnny, un animador del hotel, nos pidió meternos a las instalaciones y tomar algo. Hacer como si nada pasara. Con una cuba en mano, seguimos esperando. La normalización de la violencia. Fuego, armas, seguir viviendo.

24 horas después de la muerte del ‘Mencho’

La noche fue insufrible. Nadie sabía si alguien iba a entrar a los hoteles o no. Cada ruido era un susto, una noche casi en vela. Sin embargo, a la mañana siguiente no había columnas de humo. El hotel abrió sus restaurantes y el único aviso de la anormalidad fue cuando la gerente nos pidió comer lo necesario porque sus proveedores no iban a entregar nada.

Las 8, las 9. Los carros volvían temerosos a las calles y quienes volaban temprano se fueron caminando porque no había todavía taxis. Los demás esperamos nuestro turno. Nosotros debíamos partir casi a las 5 de la tarde y quisimos despedirnos del pacífico. Vaya ironía.

En la playa preguntamos a un canadiense cómo veía las cosas cerca del mar “está tranquilou”, nos dijo. Comentó que no había ningún malo en la arena y siguió su camino. Pusimos la bocina, nadamos un poco. Por unos minutos olvidamos que, quizá, corrimos con suerte por lo que había pasado 24 horas antes.

No obstante, la realidad no tardaría en aparecer. Para llegar al aeropuerto, la conductora de nuestro taxi de aplicación dudó en subirnos hasta que, por unos segundos, corroboró al menos con la mirada como 3 personas con sus mochilas no le iban a hacer nada.

Mientras manejaba le contestó a su esposo: “¿qúe vas para allá?”, escuchamos. “Ya se van de aquí, no pasa nada”, contestó ella. Eran 15 minutos al aeropuertos y vimos 4 cascarones de carros y camiones que un día antes habían sido incendiados.

Llegamos a nuestro destino y los militares resguardaban nuestras espaldas. Dentro del aeropuerto parecía el mismo caos que en cualquier otro día del año. Llegamos con el tiempo encima, pero subimos a un Embraer camino a AIFA. Atrás quedaron las risas, los tragos, los balazos. Estábamos a salvo.

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