Entre manglares, tortugas y atardeceres inolvidables: así se vive Barra Zacapulco en Chiapas
Un viaje mochilero que comenzó sin expectativas y terminó revelando un santuario natural lleno de tortugas, manglares, atardeceres y encuentros que todavía resuenan.

Salimos desde la Ciudad de México rumbo a Unión Juárez, Chiapas, con la ilusión de explorar el volcán Tacaná y el aroma a café. Fueron cuatro intensos días entre neblina, frío y paisajes verdes profundos. Tres mochilas grandes, dos de montañismo y un montón de sueños a cuestas. Después de la cima, tocaba un nuevo horizonte: dejar las montañas y buscar el mar.
De Unión Juárez a Cacahoatán, y de ahí a Tapachula, fuimos avanzando ligeros, emocionados. En Escuintla, el clima cambió. El clima templado de las alturas quedó atrás, dando paso a un calor húmedo y pesado, envuelto en vegetación tropical. Mientras buscábamos el camión hacia Barra Zacapulco, un policía, molesto y desconfiado —quizá por la presencia constante de migrantes—, nos dijo que ahí no salía nada. Pero 10 segundos después, como si el destino nos guiara, escuchamos: “¡Vamos Escuintla, vamos Escuintla!” y ahí empezó la verdadera aventura.
En el trayecto, la carretera se llenó de verde intenso, como en Unión Juárez, pero con otro aroma. Un chofer de la región amenizaba el camino con “Cómo pude enamorarme de ti” de la agrupación “Patrulla 81”, mientras el viento cálido entraba por las ventanas. Nos pararon casi diez veces para preguntarnos sobre nuestra nacionalidad. Migración estaba fuerte. Nos preguntaban si éramos rusos, si mi hija y mi esposa viajaban conmigo. Todo formaba parte del camino.
Bienvenidos a Barra Zacapulco: el secreto mejor guardado de Chiapas
Llegamos a Acapetagua y de ahí al embarcadero Las Garzas. Manglares espectaculares, agua tranquila, aves planeando como flechas vivas. Subimos a la lancha, mi hija, mi esposa y yo. El motor arrancó y con él, nuestros sentidos. Agua dulce a un lado, mar al otro. Verde, azul, aire. Paisaje virgen.
Al desembarcar, lo primero que vimos fue el gran rótulo: Barra Zacapulco. Nos cobraron $140 por persona y el lanchero hizo paradas en pequeñas comunidades cercanas. Nosotros bajamos en la Palapa Abraham, distinguible por sus colores verde y naranja. Fue ahí donde conocimos la esencia del lugar: hospitalidad genuina, sonrisas sinceras y paz.
Elvis cargó nuestras mochilas y nos mostró nuestra cabaña: madera, cama sencilla, mesita y baño compartido. No hay infraestructura de resort, pero sobra lo que muchos buscan y pocos encuentran: tranquilidad, autenticidad y naturaleza.
El lugar es una isla viva: del lado del río se desayuna, del lado del mar se brinda con micheladas de tamarindo, simples y de otros sabores. Cruzamos caminando, y el viento salado nos dio la bienvenida. Pedimos un cóctel de camarón, mojarra frita y pescado al estilo local. Todo fresco, directo del mar. Música sonando siempre en la palapa. Ambiente cálido, familiar, sin ruido de gente, sin bullicio turístico, sin prisas.
Tortugas, arena y silencio: donde la vida renace
Ese mismo día, a las 5 de la tarde, fuimos testigos de algo mágico: la liberación de tortugas, niños, jóvenes, familias y nosotros, mirando cómo pequeñas tortuguitas, recién nacidas, caminaban rumbo al mar. El sol pintaba el cielo de naranja y rosa, mientras el Pacífico las recibía como hijas suyas.
Al día siguiente, descubrimos que habría otra liberación. Volvimos. Sabíamos que no podíamos irnos sin sentir esa emoción una vez más. Tortugas, mar, viento, esperanza. Un ritual de vida.
Naturaleza salvaje: manglares, aves y viento salado
Antes de partir, los dueños del lugar nos regalaron un recorrido por los manglares. Una maravilla natural: garzas, cormoranes, cocodrilos, zopilotes en círculo, como guardianes del cielo. Tres perros jugueteando con las olas, como si también fueran locales. El mar, al contrario de lo que muchos dicen, no estaba bravo. Estaba tranquilo. Estaba en paz. Igual que nosotros.
También probamos una michelada con tamarindo espectacular. Fría, escarchada, perfecta contra el calor. Mientras tanto, la brisa marina y el sonido de las palapas con música creaban el ambiente ideal. No había más turistas que una pareja de alemanes y una familia. Barra Zacapulco es un secreto. Un regalo escondido.
Adiós, pero no para siempre
Tras dos noches y muchas historias, regresamos. Los mismos de Palapa Abraham nos llevaron hasta Acapetagua, luego a Escuintla para tomar el camión directo a la Ciudad de México. Nos despedimos entre abrazos, promesas de regresar y la brisa pegada al alma.
Nos habíamos ido al mar sin saber a qué lugar íbamos. Y encontramos uno de los lugares más hermosos, más tranquilos y más humanos que hemos conocido.
Barra Zacapulco no solo se visita, se vive. Gracias a Doña Petra, Abraham, Elvis, Víctor y a todos los demás que con su sonrisa y amabilidad nos regalaron unas vacaciones de ensueño.
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Raymundo Rangel Laguna es periodista e historiador con más de 15 años de experiencia en prensa escrita, radio y televisión. Egresado de Comunicación y Cultura e Historia y Sociedad Contemporánea por la UACM, con formación complementaria en el INAH. Actualmente forma parte de Grupo Radio Fórmula y se especializa en política nacional e internacional, deportes y montañismo. Ver más







